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martes, 19 de junio de 2018

~Ficción corta~ Capítulo #5


Marchando otra sesión de ficción corta! Porque lo bueno, si breve, dos veces bueno. Esta vez, 100% mujeres.


Tejedora, de Nina Allan

Cuando leí La carrera ya me llamó mucho la atención la prosa de Nina Allan y la forma que tenía de abordar las temáticas en su narración. Si a eso le sumamos lo que me gusta la mitología y los diferentes acercamientos que se hacen a ella desde diversas perspectivas, tarde o temprano esta novela corta que publicó hace un tiempo Fata Libelli debía caer en mis manos.

Allan nos traslada a una Grecia a caballo entre los antiguos gremios y un futuro no demasiado lejano. Es un ambiente un tanto difícil de identificar, pero sin duda muy apropiado para esta historia, en la que la realidad y la magia se entremezclan de modo que no sabemos dónde acaba una y empieza la otra. Hay múltiples metáforas encerradas en el pasado de Layla, la protagonista, en las apariciones de una misteriosa anciana, en la araña a la que dedica una escena. La autora no oculta que esta historia hunde sus raíces en el mito de Aracne, pero lo que nace a partir de él es mucho más complejo.

Hay una reflexión esencial sobre el equilibrio entre arte, talento y esfuerzo, que se revela de muchas formas a lo largo de la obra. El prólogo de las editoras ayuda a contextualizar este tema, pero aun así es de esas obras a las que hay que volver para estudiar, leer entre líneas y extraerles todo el jugo. Comentarios como este de Carmen Romero también son muy interesantes. Disfruto mucho de las historias que merecen esta atención, este intercambio de lecturas y análisis. Si además añadimos su brevedad, la magia de la que la envuelve Allan, su prosa tan particular, la excelente traducción de Silvia Schettin y la edición de Susana Arroyo, no puedo por menos que recomendarla.



Brebaje, de Tamara Romero

Si nunca has leído a Tamara Romero:

2. Lee Brebaje.

Puede que no sea su obra más sobresaliente, pero deja con ganas de leer mucho más de la autora. Me ha parecido una buena forma de conocerla. Directa, entretenida, divertida en su punto justo, con una mezcla entre fantasía y ciencia ficción, una protagonista carismática y algún misterio que resolver.

Balbina Vital es una maga del espectáculo que encuentra trabajo en un resort de vacaciones bastante particular, pero el primero de sus shows no acaba muy bien. Esto lleva, entre otras cosas, a una reflexión bastante interesante (y metaliteraria) sobre la mediocridad, el talento y el esfuerzo, también sobre la seguridad que nos da creernos invencibles. Este mensaje es muy importante para aposentar una realidad algo estrambótica, puesto que todo lo que envuelve a Balbina puede resultar ajeno, pero ella es muy cercana.

Me ha gustado cómo se van desvelando poco a poco los detalles sobre el lugar y el misterio que lo envuelve; la estructura en cierto modo circular que tiene la narración. Sin embargo, esa ligereza que en ocasiones tanto se agradece en la narración, aquí ha hecho que me sepa a poco, que las páginas pasen en un suspiro y que necesite algo más. Quizá empezarlo de nuevo, analizar con más atención alguno de los aspectos más interesantes de la obra, si la certificación de que el karma existe tiene una influencia real en los acontecimientos o solo es un ruido de fondo que contribuye a la sensación de ilusión. Creo que será una obra interesante de comentar con Tres marcianos y medio, así que os invito a acompañarnos en nuestra disertación.



Binti, de Nnedi Okorafor

Esta es la primera novela corta de una trilogía que espero que dé tanto que hablar en España como lo dio hace cuatro años en EEUU. Es una lectura corta, fluida, amena y no por ello exenta de profundidad. Binti es una joven de dieciséis años que se escapa de casa para ir a la Universidad… a varias semanas de viaje desde la Tierra. Eso la hará enfrentarse a tres cuestiones que también son fundamentales para entender y disfrutar esta obra:

-El racismo. Binti es himba, una comunidad nativa de Namibia con una cultura propia asentada desde hace siglos que Okorafor dibuja con algunas pinceladas en esta obra. Los himba se cubren con otjize, una mezcla de arcilla con flores. Tanto por su aspecto como por sus costumbres son señalados por los khoush (una etnia inventada inspirada en los árabes). Binti vivirá varias situaciones en las que será tratada de forma diferente solamente por su aspecto.

-El trauma. En este caso será doble, pues la golpearán tanto la nostalgia por su familia y su pueblo como la terrible situación que deberá afrontar durante su viaje. Quizá podría haberlo hecho notar más, pero la autora también espera que el lector ponga de su parte y entienda las reacciones de Binti a partir de lo que le sucede.

-El pacifismo. Hay muchas historias donde llega un punto en que hay que elegir entre la vía diplomática y la violenta, y en los últimos años ha habido una profusión de elecciones por la segunda, como si sin violencia no pudiera haber conflicto. Lo cierto es que el conflicto sigue existiendo, pero la vía diplomática es más lenta y tiene menos acción y requiere más confianza en las personas. Una de las cosas que enseña Binti es que podemos ser mejores.

Sin entender cómo trata Okorafor estos tres aspectos es difícil comprender cómo evoluciona la trama. A mí me ha ganado por las tres cosas. Aunque he echado de menos más desarrollo del mundo que crea, se nota que no es ni de lejos la intención de la autora centrarse en ello, sino en la experiencia de Binti, en qué es lo que cambia su vida. Y eso lo plasma muy bien.

Es de agradecer la traducción de Carla Bataller, que hace que esta obra se lea en un abrir y cerrar de ojos. Por suerte no tardaremos mucho en tener la segunda parte, porque me da la impresión de que ayudará a entender mucho mejor esta primera entrega.


Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

lunes, 28 de mayo de 2018

Revolucionaria, feminista y geek



Esta es la historia de cómo comentar un libro que te ha tocado intelectual y emocionalmente a todos los niveles sin soltar grititos ni dar saltitos por doquier. Es una de las ventajas de escribir tu opinión en lugar de grabarla en vídeo y subirla a youtube, o quizá una de las desventajas, según se mire.

Siento devoción por las pasiones de la gente. No importa si hablan del tema más aburrido del mundo; si transmiten la pasión que sienten por él, me quedo embobada escuchando. Durante una parte de mi vida (y aún hoy me ocurre a veces), sentía que era incapaz de transmitir algo así por mi forma de pensar lógica y analítica. Quizá sea un poco vulcana. Pero lo cierto es que la gente cambia, yo he cambiado, y gran parte de lo que cuenta La revolución feminista geek es la historia de ese cambio. ¿Cómo no te va a apasionar que te cuente tu propia vida alguien que ni siquiera sabe que existes? Pues, precisamente por ello, es todavía más emocionante. Porque esta es la historia de Kameron Hurley, pero también la mía y la de muchas otras que un buen día encontramos unas gafas moradas por el camino. Saber que alguien que vive a miles de kilómetros, y que ha vivido experiencias tan diferentes, ha llegado a las mismas conclusiones que tú da una sensación de pertenencia a grupo que no consigue ninguna afirmación del tipo «No estás sola».

En esta serie de ensayos, Hurley relata algunos hechos de su vida para acercarnos a dos temas principales: la perspectiva de género en la literatura y la perseverancia en la escritura. Aunque pueden parecer bastante específicas para el oficio, creo que es fácil extrapolarlo a cualquier disciplina, ya sea o no artística.

Comentaré primero este segundo tema, más concreto, y que trata sobre todo en la primera parte de la colección: «Subir de nivel». La autora relata una verdadera carrera de esfuerzo y tenacidad a lo largo de los años, de rechazos acumulados y esperanzas frustradas, de cómo lo más difícil no es llegar, sino mantenerse. Dedica muchas líneas a hablar del engaño del talento, sin despreciarlo pero también sin vanagloriarlo, porque el oficio de escritor puede aprenderse y se mejora con la práctica.


Incide mucho en la perseverancia, en aprender de los fracasos, y me parece una buena enseñanza tanto para los que estamos empezando como para los que ya llevan años ahí. No importa que sea algo que ya sepas y te han repetido, quienes escribimos somos así de masocas y necesitamos oírlo y leerlo una y otra vez.

La perspectiva de género y el feminismo es un tema continuo, que aparece en casi todos los ensayos, de una forma u otra. En primer lugar, y enlazando con el tema de la escritura, Hurley no olvida el esfuerzo extra que supone para las mujeres llegar al mismo lugar que un hombre. No importa cómo seas, pienses o escribas, tanto editores como público tienen prejuicios en base a tu género y eso genera unas expectativas en torno a tu obra de las que no eres responsable. Es algo que sabemos de una forma u otra, aunque cuando no sabemos ponerle nombre es común que caigamos en el argumento misógino de sentirnos como hombres y que las mujeres sean «otras». También es común sentir como una victoria general la individual, pero la autora ya advierte que «Una sola victoria no significa nada» mientras el sistema patriarcal siga institucionalizado en todos los aspectos de nuestra vida.


Hurley persigue su propia evolución para lanzar un mensaje de sororidad continuo. Ya no solo en el premiado «Siempre hemos luchado», en muchos de los ensayos señala no solo que somos muchas, sino que ha habido otras antes que nosotras. Es un mensaje de esperanza y fortaleza, puesto que ahora estamos mucho más en contacto gracias a las redes sociales, «incluso si a menudo discutimos entre nosotras en Twitter, y nos criticamos nuestros argumentos de mierda, puntos muertos y gilipolleces». Porque no se trata de ser amigas, sino de construir algo mejor entre todas, cada una de la forma que mejor creamos, y dejar algo mejor a la próxima generación; derribar muros y ayudarles a superar los que quedan para que no se vean ante la titánica perspectiva de hacerlo todo desde el principio.

También hay muchas páginas dedicadas a la responsabilidad de las historias que contamos, del discurso que crean y tiene su eco en la realidad. Vivimos en un mundo diverso, aunque muchos hayamos crecido en la visión de que el defecto es el hombre blanco heterosexual y el resto somos excepciones, incluso cuando constituimos el 50% de la población. Hurley sigue acudiendo a sus propias experiencias para ilustrar estas afirmaciones y reivindicar la necesidad de una literatura más plural. Si ahora hay un hueco para ella es porque los lectores la exigimos, buscamos autoras, o historias con personajes no normativos, o sistemas socioculturales en los que no se imiten las mismas jerarquías que tenemos.

Además de ejemplos personales, el apartado «Geek» está dedicado a analizar elementos o construcciones en productos culturales como son series o películas. Habla de cómo ensalzamos a los monstruos e invisibilizamos a las mujeres, o reducimos sus circunstancias a las del propio cuerpo. Comenta lo perezoso que resulta que la acción de las mujeres provenga de un asalto sexual, y reinvindica que la solución es buscar otras alternativas, ya no solo para no perpetuar un estereotipo sino para enriquecer la historia.

Kameron Hurley

La tercera parte, «En lo personal», es la más dura, pero donde más he aprendido. Dependiendo de las razones de cada lector para leer este libro, puede que esto le resulte más o menos interesante. Para mí ha sido una clase sobre madurez y valoración de lo que poseemos, tanto a nivel personal como a nivel institucional. En un periodo en que cada año se reduce la inversión en la salud pública de nuestro país, leer las dificultades que acarrea un sistema como el estadounidense (al que quería, si no lo ha hecho ya, volver Trump) debería enseñarnos la suerte que tenemos y solidarizarnos todavía más con aquellos que ni siquiera disponen de eso.

No obstante, creo que la parte más importante es la relativa a la gestión de las redes sociales. No son clases de marketing, sino más bien qué supone cómo respondes a las críticas y cómo te comportas ante las movidas que hay todos los días en redes sociales.

El mote de sierpe me viene por algo, entre otras cosas porque cuando me enfado puedo soltar mucho veneno; no es nada nuevo, nunca me he escondido en este sentido, y lo cierto es que me ha ido mejor que intentando ser diplomática. Ya lo he dicho antes, soy medio vulcana, medio humana. Eso me permite entender razones y motivaciones de mucha gente y empatizar con ellas, aunque no esté de acuerdo al 100% en ningún discurso. Pero eso también hace que me lluevan críticas de todas partes, lo cual me ha generado bastante ansiedad, largas conversaciones y demasiadas situaciones incómodas.

Con el tiempo he aprendido a responsabilizarme solo de mis propias palabras y actos y a entrar cada vez menos en según qué discusiones que, preveía, solo me generarían disgustos. Intenté callarme, pero tampoco funcionó. «Era patético. No sirvió para nada. Aun así vinieron a por mí. Incluso fue más fácil despreciarme, ignorarme, dar por supuesto que no era más que alguien sobre la que todos podían pasar por encima y escupir basura sexista y racista sin que nadie les llevara la contraria». Vaya, parece que no soy la única que ha pasado por ahí. Eso sí, llevaba un tiempo en que no sabía gestionarlo. Porque tampoco sé dejar de generar discordia. Tengo mis opiniones, más o menos acertadas, y de vez en cuando la cago. Pero hay gente que sabe perdonarme y otra que no, o incluso a quienes directamente les caigo mal e ignoro por qué me leen. Solo merecen la pena las personas del primer grupo. El resto es humo, ni mis amigos ni mi público no están ahí. Ya pasé una época en la que intentaba ser otra persona para tener más amigos. Tenía trece años y sufría bullying. No funcionó. No funcionará ahora. No voy a dejar de ser yo para agradar a nadie. Voy a seguir siendo imperfectamente yo, y quien quiera aguantarme y leerme lo hará con conocimiento de causa. No voy a negar que leer a Hurley me ha ayudado a reafirmarme en esto, porque a veces solo necesitas una voz externa para animarte a seguir ese camino, aunque quizá no sea el mejor, eso el tiempo lo dirá.



Sin embargo, también tiene razón en otra cosa, y es que no merece la pena enclaustrarse en un tema o persona en particular. En primer lugar, porque te roba tiempo y energías; en segundo, porque centrarse en una situación tóxica y convertirla en un tema asiduo es una forma más de silenciarte; y, por último, porque las olas de odio solo generan más odio, luego tenemos que vernos las caras y pueden volverse en tu contra. Es mucho mejor bloquear, silenciar y cortar todo contacto. «¡Totalmente justo y saludable, incluso deseable!».

Tampoco es que esté de acuerdo con toda su visión. Hurley es muy amiga de las mujeres brutales y desagradables, y, aunque me gusta mucho ese tipo de personajes, creo que no es la única manera de reflejar a una mujer fuerte. No obstante, es la propia autora quien da la solución: «Es lo que calificamos de "blando" o "femenino" lo que hace posible la civilización. […] No lastraba a mis personajes con estereotipos forzados, conflictos predecibles y fracasos imaginativos. Buscaba las distintas formas en que expresamos nuestra humanidad. Escribía sobre personas. No caricaturas». Para mí, la clave está en crear mujeres diversas, que hagan cosas, no solo que les pasen cosas. Lo comenté, por ejemplo, al hablar de La armadura de la luz (Minotauro, 2017): Iviqui tiene pequeños momentos de esplendor en los que elige su propio camino, pero la mayoría del tiempo se ve arrastrada por las circunstancias. Tiene un papel activo, sí, pero el peso de la narración no recae sobre ella. No digo que eso esté mal, es un modo de enfocar el relato que depende mucho de cada historia. Solo digo que personajes como Akko (Little Witch Academia), a pesar de estar llenos de estereotipos más que discutibles, son mujeres fuertes sin ser violentas o guerreras. Su fortaleza reside en su tenacidad, en la persecución de su sueño a pesar de las dificultades. Podemos crear narraciones desde ahí y desde muchos otros ángulos para no llenar las estanterías de un nuevo arquetipo.

Me parece que ya he hablado suficiente de muchas de las ideas que me ha transmitido este libro. Para mí ha sido un viaje apasionante, donde he aprendido a conocerme mejor a mí misma y analizar varios de mis comportamientos. Si tuviera que destacar las tres temáticas que más me han entusiasmado las resumiría en: sororidad, visibilización y empoderamiento. Quizá esto te haga pensar que es un libro dirigido en exclusiva a mujeres, pero no es así. Es cierto que cuando la autora interpela al lector se refiere a una mujer escritora, pero como ya he dicho antes, puede extrapolarse tanto a otros trabajos como a otros colectivos oprimidos. Incluso así, recomiendo su lectura a hombres que quieran entender cómo vivimos la opresión e invisibilización sistémica las mujeres, o cómo entendemos la literatura y su mensaje, siempre con un acercamiento abierto. Porque «podemos escoger el camino seguro. O podemos escoger tomar parte en la construcción de algo mejor». Y necesitamos a todo el mundo para construir un futuro mejor.


Título: La revolución feminista geek
Autora: Kameron Hurley
Traductor: Alexander Páez
Editorial: Alianza Runas
Encuadernación: Tapa dura
Año de publicación: 2018
Nº páginas: 264
Precio: 18,50€ / 12,98€ (ebook)


Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

jueves, 3 de mayo de 2018

~Reseña~ La cámara sangrienta, o el simbolismo de la sensualidad




Hay un culto a Angela Carter bajo los adictos a la acción y el fantástico moderno. Es difícil huir del hechizo que se genera al leer su obra, una mezcla de fascinación e incertidumbre que hace que el aire se espese a nuestro alrededor y que el mundo pierda consistencia por el reajuste de densidades. Con La cámara sangrienta, la autora revela una visión muy particular de los cuentos clásicos, llena de símbolos, colores y sensualidad. En el caso de esta edición de Sexto Piso, estas características quedan potenciadas con los dibujos de Alejandra Acosta.

La colección se abre con el relato homónimo "La cámara sangrienta", una versión del cuento de Barba Azul que encierra todas las peculiaridades de Carter: el ambiente gótico; el estilo recargado, con figuras imaginativas; la dama protagonista, su sensualidad; el contraste entre el blanco de la piel o la nieve, la oscuridad y la sangre. La autora teje una historia en la que las mujeres cumplen un papel activo, alejándose de la pasividad de los cuentos clásicos.

Este hecho es una constante en todos los relatos, si bien son muy diversos entre sí. Tanto "El cortejo del señor León" como "La novia del tigre" son versiones de La Bella y la Bestia, aunque creo que se acercan más a la de Villeneuve que a la de Beaumont. Mientras el primero se centra más en la reacción a lo extraño frente a la naturalidad del trato, el segundo se adentra en el simbolismo y en el despertar sexual de la mujer. No es este un tema impropio de los cuentos clásicos, al contrario, es el mismo trasfondo que el de otras historias como La bella durmiente; la diferencia radica en cómo maneja Carter la situación. La protagonista es quien tiene el poder de decisión, es la Bestia quien parece ser el ser inocente.

"La novia del tigre", por Alejandra Acosta
Hay otro cuento, "La dama de la casa del amor", en la que parece mezclar elementos  de estos dos clásicos. Aparece la barrera de espinos y la figura del "príncipe", si bien este toma la forma de la "Bella", extraña e inocente en el castillo. La Bestia se corresponde con una joven vampiresa. Este quizá es el relato que más recuerda a "La cámara sangrienta", por su exposición y su simbología. Es central la contraposición entre perfección e imperfección, sobrenaturaleza y humanidad, sin duda una crítica al estereotipo de belleza, aunque Carter no parece huir de él en el resto de historias.
"El gato con botas" diría que es una sátira sobre las historias de amor cortés. El propio gato se ríe de su amo, su ceguera ante el amor y las peripecias que inventa para alcanzar su objetivo. La  mujer es partícipe del plan y responde más a la imagen tradicional de villana: quiere disfrutar de su sexualidad y la fortuna de su esposo.

Tanto "El rey de los trasgos" como "La niña de nieve" son cuentos mucho más poéticos y simbólicos que el resto. El primero, de hecho, tiene más de descripción que de narración, mientras que el segundo recupera algunos elementos de Blancanieves para acabar con una escena de lo más truculenta.

En los tres últimos relatos de la colección, "El hombre lobo", "La compañía de los lobos" y "Lobalicia", como podréis adivinar, Carter se centra en la figura del lobo y el licántropo. En los dos primeros casos se basa en el cuento de Caperucita, mientras que en el último hace un juego de espejos con Alicia. Es importante cómo empodera la figura de la niña, le da un cuchillo y la arma de decisión. En el caso de "Lobalicia", es fascinante cómo describe el proceso de madurez al tiempo que narra una historia paralela, cómo contrasta el animal con el humano, en esa forma tan violenta que tienen las personas de reaccionar frente a lo diferente. Sin embargo, no escapa del tópico de la maldad de los lobos.

"La compañía de los lobos", por Alejandra Acosta
Es constante la mención a la sangre, las rosas, los pezones rojos, los labios rojos, la capucha roja, incluso utiliza el término menstruación como metáfora. Estos símbolos, junto a la sensualidad de sus mujeres y el hecho de hacerlas elementos activos de la narración, son los que hacen que se hable de La cámara sangrienta como una obra feminista y transformadora. No obstante, dado el momento en el que estamos, en el que el feminismo empuja fuerte de nuevo y los retellings se han adueñado de la cultura popular durante los últimos años, puede que esta característica de la obra de Carter se nos quede corta y no nos sepa a nuevo. A mí me ha maravillado más por la fuerza de sus imágenes que por el trasfondo empoderante.

Es una colección estudiada, con un orden muy medido, aunque a ojos del lector hay relatos que, inevitablemente, destacan más que otros. En mi caso han sido los de "La cámara sangrienta" y "La dama de la casa del amor", aunque las razones sean bastante subjetivas. El estilo recargado puede llegar a aburrir en cierto punto, cuando se prima más el simbolismo y la narración entre líneas que la propia historia. Pero es que donde puede encontrar un lugar de honor Angela Carter es en el estudio de su obra y en la lectura apaciguada. Es de esos libros que se aprovechan más a lo largo del tiempo que con el atiborramiento, de los que merece la pena comentar entre varios, en un club de lectura o con algún académico. Seguro que lo enriquecería muchísimo.

Yo recomendaría hacerse con Quemar las naves, que incluye también estos relatos y muchos más, y proponerse disfrutar de ellos de forma pausada. Querréis volver a muchos de ellos.



Título: La cámara sangrienta
Autora: Angela Carter
Ilustradora: Alejandra Acosta
Traductor: Jesús Gómez Gutiérrez
Editorial: Sexto Piso
Encuadernación: Tapa dura
Año de publicación: 2014
Nº páginas: 180
Precio: 23€




Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

miércoles, 18 de abril de 2018

~Reseña~ Estación Central, o un futuro lleno de posibilidades



Si alguien vio el último episodio de Tres marcianos y medio, pudo comprobar que no era fácil hablar de Estación central. Ni siquiera es fácil definir su formato. ¿Novela antológica? ¿Antología novelada? ¿Relatos entrelazados? Ya os lo podéis imaginar.

La última obra de Lavie Tidhar publicada en España (con la editorial Alethé, traducción de Alexander Páez), está compuesta por trece cuentos que, a modo de capítulos, nos narran fragmentos de la vida de ciertos personajes y las relaciones que los unen. El elemento común a todos ellos es la Estación Central, un gran edificio multifuncional que sirve de conexión con la Tierra y algunas colonias extraterrestres, además de puerto para naves suborbitales, centro comercial, multirreligioso, etc. La Estación es tan caótica como el futuro que recrea el autor en las páginas de este libro, aunque más bien es un orden oculto que se nos revela por partes, por lo que somos capaces de entender el conjunto pero no su funcionamiento completo. La Estación es un personaje más, como ya ocurría en Neverwhere, de Neil Gaiman, o Switch in the red, de Susana Vallejo; aparece de telón de fondo o como escenario, hasta el punto de llegar a personificarse en algunos momentos.

Cada capítulo está escrito desde el punto de vista de un personaje (aunque hay momentos en los que Tidhar rompe sus propias normas e introduce varios puntos de vista con cierta relación entre sí), que nos permite construirlo: conocemos su pasado, sus motivaciones y también cómo se relaciona con otros personajes. Al principio, la sucesión es bastante clara para el lector. En el primer relato, narrado desde la visión de Miriam Jones, aparece Isobel, que será la narradora del siguiente capítulo. Pero el autor no sigue siempre esta pauta. Personajes como Ibrahim o Carmel surgen sin haberlos mencionado previamente.

Hay bastantes personajes con punto de vista (casi tantos como capítulos) y tramas conectadas. Miriam Jones con Boris Chong, Boris y Carmel, Carmel y Achimwene, Achimwene se toca levemente con Miriam, Isobel y Motl, Motl tiene una breve charla con Boris, Ibrahim y Eliezer. Todos son personas no diré vulgares, porque muchos tienen cualidades que los hacen especiales, pero no son gentes destacables; los definiría como trabajadores o vagabundos, más de clase baja que media, habitantes de Tel Aviv a la sombra de la Estación Central.

El autor juzgándote con la mirada

La ubicación es trascendental para entender uno de los mensajes que transmite el escritor con esta historia. Estamos en un futuro (calculo que, como mínimo, 150 años desde la actualidad, quizá unos 200) en el que la humanidad se ha expandido por el sistema solar, creado colonias en Marte, el Cinturón, las lunas de Júpiter o Saturno, incluso recuerdo alguna mención a la nube de Oort. Hay menciones a una guerra, pero esta transcurrió 100 años antes del presente ficticio. Tidhar habla de la ciudad judía y la árabe, se llega a nombrar un muro derribado, pero sobre todo se incide en la diversidad racial que convive en torno a la Estación. Ya nada más empezar la novela nos encontramos con referencias no solo a judíos y árabes de Oriente Medio, también a personas con ascendencia filipina, china, nigeriana y de múltiples lugares de la Tierra que llegaron como refugiados allí. Pero las luchas que nos son tan comunes hoy en día han quedado atrás, ya no hay conflictos bélicos ni chanzas entre los habitantes. Los problemas que los abruman o los pueden enfrentar tienen una procedencia bastante diferente.

Se sobreentiende que la tecnología es en gran parte responsable del estado de paz que se disfruta en el escenario de la novela. El autor imagina un futuro donde casi todos están conectados por un nodo a lo que llama Conversación, un fluido constante de información, canales variados de distinta temática, que llegan más allá del propio planeta. Toda la humanidad está interconectada de forma que se han creado varios planos de relación: el Universo-Uno, lo que entenderíamos como el plano físico/real, y el plano virtual, donde prima lo digital. Me atrevería a decir que incluso este último tiene varios universos de desarrollo. La Conversación sería uno; otro, por ejemplo, sería el Guilds of Ashkelon, la evolución de los MMORPG actuales; otro, sin duda, sería donde se mueven los Otros.


Una vez nombrados los Otros, hemos llegado quizá al mayor enigma que cohesiona y da sentido a este libro. Los Otros son unos entes superiores, puramente digitales (no existen, a priori, en el plano físico), pero que son capaces de interactuar e influir en el Universo-Uno. Se los menciona con asiduidad, con un sentimiento entre el miedo y la reverencia. Y desde el principio se da a entender que tienen mucho que ver con un par de niños algo especiales. Lo más fascinante es que la resolución de esta trama no es del todo cerrada, si es que se puede considerar que algo se cierra en esta historia. Tidhar crea un mundo tan vasto y con tantos detalles y referencias que hay muchos aspectos que se dejan a la imaginación y reflexión del lector. Él pone algunos puntos, pero somos nosotros quienes debemos unirlos y añadir los que faltan, lo que resulta complicado y, a su vez, enriquecedor, pues el tapiz que conforme cada uno será muy diferente del de los demás.

Hay un último tema bastante importante que tiene cierta relación con la multirracialidad que describe. Y es que, al igual que nos muestra personajes de diferente procedencia, el autor también crea nuevas religiones, inventadas, falsas, digitales, derivadas de la tradición judeo-cristiana, que incluso se complementan. Todas conviven y se practican sin ningún tipo de enfrentamiento entre ellas; de hecho, hay una planta de la Estación Central llamada bazar multirreligioso, o un reverendo de la Iglesia Robot que también circuncida niños judíos e incluso se plantea cambiar de religión en un momento dado.

No diría que es una ambientación utópica, pero desde luego es mucho más optimista que gran parte de la ciencia ficción que he leído estos últimos años. Trata el transhumanismo sin tecnofobia; el desarrollo está integrado en la vida de la gente, incluso hallamos relaciones simbióticas o manipulación genética. No deja de haber cierta reflexión ética al respecto, pero no la encontraremos de forma explícita en el texto, sino que deja que sean los lectores quienes opinen sobre los hechos que plasma en las páginas.


A pesar de ser claramente una novela de personajes, estos han sido los que menos me han interesado. Me ha maravillado la estructura, cómo Tidhar articula la información, las temáticas, las críticas a las religiones o el tratamiento de los veteranos de guerra, el trabajo con las lenguas, la terminología (menudo currazo tuvo que pegarse el traductor, en serio), pero los personajes en sí mismos me daban bastante igual. Ni siquiera el mensaje de amor universal que se desprende de sus relaciones me ha hecho apegarme más a ellos. Quizá eso ha salvado que la finalización de algunas tramas (si, ya digo, se le puede llamar finalizar), aunque no me haya gustado especialmente, tampoco me haya creado una sensación de decepción. Porque en el fondo me daba igual. No me atrevería a decir si eso es una virtud o un defecto, si el escritor lo ha hecho a propósito o si solo ha sido mi subjetividad la actuante, pero lo cierto es que, aunque me ha maravillado por muchas razones, en la parte emocional me ha dejado fría.

En definitiva, Estación Central es una historia muy particular, compleja y muy pensada, que sin duda merece atención. Incluso creo que para gente que se dedica a escribir y crear historias, es una gran muestra para analizar y pensar con detenimiento, porque se puede extraer jugo de muchas partes. Para los que se dedican a leer sin más, es un libro con una longitud óptima, un ritmo constante, una prosa que fluye y que invita a dejarse llevar. Aunque la terminología y la información pueden ser abrumadoras al principio, la inmersión es fácil y tiene muchos mensajes sobre los que reflexionar. Desde luego, si queréis leer algo diferente, es una buena novela a la que acudir.


Título: Estación Central
Autor: Lavie Tidhar
Traductor: Alexander Páez
Editorial: Alethé (La esfera de los libros)
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Año de publicación: 2018
Nº páginas: 320
Precio: 18,90€ / 7,99€ (ebook)


Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

miércoles, 28 de marzo de 2018

~Cine~ Tomb Raider: Comparaciones (odiosas)




La nueva película de Lara Croft está en cines y, pese a que las comparaciones suelen ser odiosas, en esta ocasión es difícil hablar de ella sin mencionar los últimos dos videojuegos con los que se reiniciaba la saga. Así pues, en lugar de ir pisando con pies de plomo, prefiero hablar de ello abiertamente. Encontraréis, por lo tanto, spoilers varios tanto de la cinta de Alicia Vikander como de Tomb Raider (2012) y Rise of the Tomb Raider (2015). Y, por qué no, también mencionaré las películas protagonizadas por Angelina Jolie. Aunque no serán determinantes.

Siempre he disfrutado mucho de las aventuras de Lara. Conocí al personaje en una demo poco antes de que se estrenara Lara Croft: Tomb Raider en 2001. No recuerdo ni qué título era, solo que salía un oso enorme y que mi padre escuchaba la BSO de Ally McBeal mientras jugaba. Así que del juego no puedo decir mucho, pero sí del personaje que creó Angelina: una tía rica, guay, que resolvía acertijos antiguos y jugaba con pistolitas a dos manos. No se convirtió en mi película favorita, pero la vi muchas veces. Me gustaba Lara. Quería dejarme el pelo largo para hacerme una trenza como ella e ir dando brincos por la vida, a ser posible, sin destruir ruinas antiguas. Eso es lo que hace tener referentes (entre otras cosas).

Sin embargo, solo he jugado a los últimos dos videojuegos (es lo que tenía la recomendación +18), recientemente además, por lo que tenía muchas ganas de ver a la nueva Croft en pantalla. El resultado fue: cero decepciones. Da lo que promete, aventura, saltos imposibles y un misterio que resolver. Ah, y feminismo. Eso dicen en los medios. Una novedad respecto a las películas anteriores. Pues no, de eso no hay, debo decirlo. No sé si era la intención de una de las guionistas, Geneva Robertson-Dworet, o si lo dicen porque Vikander lo es. Pero en feminismo los videojuegos están mucho más adelantados, y tampoco es para tirar cohetes.

Han pillado toda la estética del videojuego también

¿Por qué? Empecemos por el principio. La película de 2018 tiene la misma premisa que el título de 2012: Lara es una novata que empieza a forjar su leyenda. Lo que han hecho ha sido coger el lugar en que se desarrollaba el videojuego pero utilizar los villanos de Rise of the Tomb Raider. ¿Para qué? Supongo que para crear una continuidad en la serie de películas, en caso de que se hiciera, y basar la segunda cinta en el título de 2015. Y me parece muy buena jugada. Aunque la esencia de la Trinidad se pasa bastante por encima durante el largometraje, está bien crear un hilo conductor que los espectadores (sobre todo aquellos que no han jugado a los videojuegos) sepan reconocer.

De esa forma encontramos a Lara queriendo hallar la tumba de Himiko, pero las razones que la guían son bastante diferentes. Mientras en el videojuego la joven Croft es arqueóloga y ha crecido en ese ambiente, en la película, Lara no tiene ni idea de en qué consistía el hobby del señor Croft. El personaje que crea Vikander tiene otros inicios: se niega a recibir la herencia de su padre porque eso significaría aceptar que ha muerto, así que vive como una chica rebelde con un trabajo de mala muerte. Si se va al Mar del Diablo es porque tiene la esperanza de saber qué le ocurrió a su progenitor y, en caso de que siga vivo, traerlo de vuelta.

En mi opinión, esto conforma un personaje mucho más interesante, con el que es más fácil empatizar y que encierra un potencial espectacular. Lara es cualquiera de nosotros, con sus problemas familiares y económicos; está perdida, no sabe qué hacer con su vida, con qué guiarse, cuál es su vocación. Es en este viaje donde lo descubre. Quizá no todos tengamos un padre tan rico como para acabar como ella, pero es una buena alegoría de ese tránsito entre la adolescencia y la adultez en que debemos hallar nuestro camino. Y también hay una demostración de que hay cosas que se nos dan bien sin haber estudiado, solo tenemos que practicar mucho para reforzarlas.


Me encanta ver los vídeos de preparación física de Vikander

El problema que esto conlleva es que Lara está sola. Al contrario que en el videojuego, no tiene un equipo detrás que la respalde y le preste ayuda. No hay más mujeres. Como en las películas de Angelina, tenemos una pitufina de protagonista, que sigue partiendo la pana, que sigue siendo maravillosa, pero que sigue siendo la única mujer de relevancia que aparece (junto a la ayudante de su padre, que tiene 5 minutos de pantalla nada más). Sabe luchar, sabe correr, sabe disparar con el arco y resolver acertijos, sigue siendo un personaje molón al que admirar, pero no es más feminista que su antecesor. En eso, Reyes o Sam aportaban mucho más, aunque tampoco fueran nada revolucionario. Excepto un personaje, en los dos nuevos videojuegos, todos los malos son hombres, y en la película ocurre lo mismo. A esto no le han dado más vueltas.

El otro asunto que no me acabó de convencer de la película, y esto es a título puramente personal, es esa negación de lo sobrenatural. Para mí, Tomb Raider siempre ha tenido un punto de fantasía inexplicable que me encantaba, y en 2018 ha venido la "cencia" a romper la magia (nunca mejor dicho). No es necesariamente malo, claro, pero sí un poco desilusionante.

Por lo demás, me alegro mucho de que hayan conseguido hacer una adaptación de los videojuegos con un camino algo diferente. La Croft de Vikander es más vulnerable y emocional, pero tiene un punto de orgullo y picardía en el que se deja ver que en un futuro pueda ser la Lara que vimos hace ya casi 20 años encarnada en Jolie. Yo, desde luego, espero que esas dos pistolas no fallen en la próxima entrega.

Esta es mi chica *.*

Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

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