Mostrando entradas con la etiqueta 52 retos ELDE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 52 retos ELDE. Mostrar todas las entradas
domingo, 31 de julio de 2016
~Relato~ Memoria a corto plazo
Estoy de pie en mi cocina, pero no sé para qué
he venido. No tengo sed ni hambre. Tampoco sueño. Es imposible dormir con todas
las lucecitas que entran por las ventanas. No importa que las cierre: se cuelan
por las rendijas, por las juntas entre planchas de metal, por mis párpados
cansados. Cierro los ojos y allí están, hincándose en mi retina y taladrando mi
cerebro con sus brillos de colores, recordándome que estoy encerrado en mi
propia casa.
Con el resplandor que entra del exterior puedo
leer perfectamente las notitas que rellenan la puerta de la nevera, cada una
colgando de un imán que se parece al de al lado lo mismo que una foca y un
colibrí. De hecho, hay una foca y un colibrí. El que me los regaló tenía un
gusto pésimo para los animales. Dos bestias extinguidas, una con más grasa que
pelo y otra que volaba hacia atrás. Tendré que reconocerle un poco de sentido
del humor; hay que admitir que, visto así, se parecen a mí.
Las notas apenas dejan ver la puerta. Voy
revisándolas, una a una, mirando sin parar el calendario que hay arriba del
todo para que no se me olvide en qué día estamos. La mayoría son de días
anteriores, no entiendo muy bien por qué no las he tirado ya. Parece que hay
una para hoy: "Equipo especial. 8.00 A.M. Lucecitas". Vaya, que por
eso están las lucecitas. Porque va a venir un equipo especial. ¿Pero para qué?
¿Y por qué no pueden dejarme dormir?
Miro la hora, pero el reloj está roto. Ni idea de
cuándo piensa amanecer. Tendré que esperar. La cocina parece un sitio como otro
cualquiera para aguardar a que salga el sol. Me siento en el suelo y miro
alrededor. Todo está tranquilo, todo parece estar en orden. Menos esa mancha de
allí. ¿Cómo habrá aparecido? Me acerco con cuidado y la toco. Está áspera,
reseca. A la luz de los focos diría que tiene ese tono rojizo del tomate
chamuscado cuando se te olvida que lo has metido al horno. Echo un rápido
vistazo al horno para cerciorarme de que no hay nada dentro. Nunca se sabe.
Vuelvo a observar la mancha. No se ha movido.
Eso es buena señal. Con tantos destellos las sombras no paran de cambiar y no
puedo estar seguro de nada. Yo y mis problemas de concentración. A veces me
harto de ellos. Cuando recuerdo que los tengo, claro.
Una mano me aprieta el hombro y doy un
respingo, sobresaltado. Otra me tapa la boca e impide que empiece a soltar
improperios. ¡Qué coño! ¡Joder! ¿Quién
eres? ¿Qué quieres? ¡No tengo nada de valor! Quizá pueda romper las leyes
de la ciencia y que mis pensamientos no pronunciados lleguen a la cabeza de
este individuo antes de que me mate. Si es que quiere matarme.
—No grites. Vengo a sacarte de aquí —susurra,
dejando de amordazarme.
—¿Cómo has entrado? —le pregunto. Ahora mismo
esta cuestión me parece más interesante que las demás—. La casa está rodeada,
¿verdad? No me dejan dormir.
—Por el túnel del sótano. Vamos.
Tira de mi brazo para que me ponga de pie y lo
siga. Menuda fuerza tiene. Pero mi testarudez es aún mayor. Sobre todo cuando
va acompañada de curiosidad.
—¿Hay un túnel en el sótano?
—Sí. Contaba con que no te acordaras de él. ¡Venga!
Vuelve a tironear de mí, y esta vez lo acompaño.
Recorremos la casa a paso ligero, aunque mi visitante parece conocerla mejor
que yo.
—¿Vives aquí?
—No, tú vives aquí. Yo solo vengo a salvarte el
pellejo.
—¿Me conoces?
Se gira de pronto y chocamos pero conseguimos
mantener el equilibrio. Me agarra la mano con fuerza y me la gira.
—¡Au!
En lugar de pedir perdón, saca un dispositivo
electrónico e ilumina nuestras palmas. Las mías son gordas y están limpias, al
contrario que las suyas, que no se parecen en nada a lo que llamaría
"manos de hombre".
—¿Eres una mujer?
—Príncipe azul para ti, princesa. Al parecer no
eres el único que se olvida de lo capullo que puedes ser.
—Gracias. Supongo —digo, un poco confuso.
¿Desde cuándo los salvadores se comportaban así?—. Aunque si vas a ser mi
príncipe deberías estar bajándome en brazos.
—Sigue hablando y te dejo aquí, caraculo. ¿Quieres mirar? —resopla. Creo
que tiene un poco de prisa—. No tenemos toda la noche.
La obedezco. Su tono de voz no me deja otra alternativa.
No sé lo que pretende esta mujer, pero me gustaría evitar que me mate. Miro
fijamente las palmas de nuestras manos. Dos símbolos gemelos se saludan en la
penumbra. Parece que se les da mejor romper leyes físicas que a mí.
—Te conozco —admito, aunque no podría jurar de
qué. Pero si tenemos las mismas marcas grabadas en la piel tiene que significar
algo. Aunque sea simplemente que compartimos celda alguna vez —. ¿Hemos estado
en la cárcel?
La chica suspira y puedo adivinar que está
poniendo los ojos en blanco a pesar de que no puedo verle la cara. Vuelve a
tirar de mí, tan rápido que tengo que poner toda la atención en mis pies para
no tropezarme con nada. Bajamos al sótano, que está plenamente a oscuras. Aquí
no llegan las lucecitas. Menudo descanso. Si hubiera recordado que tenía sótano
habría bajado yo mismo mucho antes.
—Gracias.
No me responde, sino que se pone a toquetear
una pared. Oigo los chasquidos de la madera y un crujido que parece rebotar por
toda la estancia y que juraría que ha podido escucharse fuera.
—Espérame aquí —susurra, aunque estoy seguro de
que nadie puede oírnos—. No hagas ruido y no hagas preguntas. Volveré
enseguida. Mantén esto encendido.
Me da el dispositivo que nos está sirviendo de
linterna y observo cómo se acerca a un montón de muebles apilados y se inclina
sobre un bulto. Lo coge por debajo de dos asas y lo empieza a arrastrar
escaleras arriba. ¿Qué es eso? ¿Está
vivo? ¿Qué vas a hacer con él? ¿Por qué no me dejas preguntar en voz alta?
¡Boom!
Diantres, así es imposible que consiga traspasar
las barreras lógicas del mundo. ¿Qué ha sido ese ruido?
—¡Corre!
Me engancha de la muñeca y vuelve a tirar de
mí. Tengo la sensación de que he visto secuestros menos violentos. Le devuelvo
la linterna improvisada justo a tiempo para que ilumine el pequeño boquete que
hay abierto en el muro, recubierto de tablas de madera que deben de tener más
años que nosotros dos juntos. Nos colamos por él y ella lo cierra de un golpe.
—¿Puedo preguntar ahora qué ha sido eso?
—boqueo cuando consigo hallar un poco de aire en mis pulmones.
—Estaba simulando tu suicidio, caraculo. Sigue corriendo.
—Eso hago… ¿Por qué me dices caraculo continuamente? ¿No serás tú la
del imán de la foca, verdad?
—¿Te acuerdas del imán? —Se detiene. Esta vez
consigo esquivarla a tiempo. El móvil, porque tiene que ser un móvil, le
ilumina levemente los rasgos de la cara. Me está mirando con sorpresa. Quizá
sea el primer hombre-foca con el que se encuentra.
—Lo he visto ahí arriba hace un rato.
—¿Y te sigues acordando?
Miro alrededor en busca de una cámara oculta.
Esto empieza a parecerse demasiado a una broma de mal gusto.
—Claro. ¿Por qué no iba a acordarme?
—Por nada. Caraculo.
Ya te compraré otro.
De repente me besa y echa a correr de nuevo.
Voy tras ella, cada vez más cansado, tanto de moverme como de que las preguntas
se me agolpen en la mente como si fueran gotitas de agua dentro de un globo. En
algún momento la presión lo hará reventar y dejaré el túnel perdido de sesos.
Anda. El túnel.
—¿Desde cuándo está esto aquí?
—¡Desde la guerra!
—¿Y eso fue hace mucho?
No me contesta. No sé si porque no quiere o
porque la he perdido. Pero no puedo correr más rápido. Las gotas de sudor me
resbalan por la cara. No sabía que las focas sudaban.
—Eso es porque están en el agua.
La tenue luz de una farola lejana saca a
relucir la nariz respingona de mi príncipe azul, que sujeta una puerta
desvencijada y sucia. Parece que el túnel se ha acabado.
—¿Por qué me miras con cara de bobo?
—Porque… Porque… No puedo respirar… Porque… ¡me
has leído el pensamiento!
Estoy extasiado. ¡Lo he conseguido! ¡Y tengo
testigos! Pero en vez de felicitarme, mi príncipe testigo secuestrador se
limita a sonreírme y me estrecha la cara entre sus manos.
—Anda, vámonos de aquí.
Caraculo.
Venía que ni pintado. Seguro que se ha quedado con ganas de decirlo.
—¿Por qué?
—Porque ahora estás muerto y tienes que
desaparecer. Tengo la moto por allí, vamos.
Me miro de arriba abajo y me toco la barriga.
Vale que no me deja verme los pies, pero me parece bastante real.
—¿Por qué me has matado?
—Porque te iban a encerrar —me explica mientras
empieza su marcha en la dirección que había indicado.
—¿Y por qué?
—Porque te acusan de haber matado a una mujer
en tu casa.
—¿Y no la maté?
—No.
—¿Y cómo lo sabes?
Se gira y me mira con gravedad. Ahora tengo
ganas de esconderme detrás de algo. Menudo príncipe azul que se dedica a
asustar princesas. Los cuentos ya no son lo que eran.
Creo que no quiere que diga nada más, así que
permanezco callado hasta que llegamos junto a una scooter azul. Pedazo de burra. Hasta tengo que ponerme el casco. Lo
nunca visto.
—Oye, y eso que arrastrabas antes… ¿era un
cadáver?
—Ahora lo es —me contesta con voz grave. Echa
un vistazo hacia atrás y yo hago lo propio, pero no veo nada extraño por la
calle. Ningún muerto viviente.
—Creo que puedes estar tranquila, no se ha
venido con nosotros. ¿Quién era?
Un ruido ensordecedor vela por un instante los
sonidos de la noche. La chica ha arrancado la moto y el trasto traquetea hasta
que decide por fin empezar a moverse.
—Eso ya no importa —susurra, tan bajito que no
sé si lo ha dicho realmente o si mi mente se ha encargado de imaginarlo.
Acelera y la agarro con fuerza, con cuidado de
no hacerlo demasiado fuerte, aunque sospecho por la tersura de su piel sobre
los músculos tensos que tiene mucho más aguante que yo. Los chasquidos nos acompañan mientras nos
perdemos por la ciudad, en una oscuridad que no recuerdo haber visitado antes,
con tonos amarillentos en el horizonte. ¿Faltaría mucho para las ocho?
domingo, 1 de mayo de 2016
~Relato~ Que las valkirias sean testigos
Cierro los ojos y siento la
brisa fresca de finales de verano. No puedo evitar pensar que huele a ti. Como
todo lo que tocas, el aire se ha impregnado de tu fragancia y me persigue mar
adentro. Se alarga la dulce sensación que me produjo el que me dejaras
acariciarte, aunque fuera solo un instante.
Tu contacto, frío y a la vez
ardiente, hará que me estremezca durante el crudo invierno. Me recordará cuánto
ansío volver a tenerte cerca para atraerte a mí. Cuando vuelva a deshacerse el
manto blanco te buscaré. Te agarraré con fuerza durante tanto tiempo que no podrás
evitar robarme el alma con un beso. Así no tendrás excusas ni me dejarás escapar
de nuevo.
Cierro los ojos y me despido de
ti en mi pensamiento. Solo te pediré una cosa antes de marchar. No vengas a
buscarme, no me persigas. Deja que sea yo quien te halle como cada año en el
llano, desnuda a las puertas de cualquier poblado. Deja que busque tu sonrisa
pícara mientras por tu boca resbala el tibio dulzor de los arándanos recién
cogidos. Prometo hacer cuanto me pidas con tal de ser yo esta vez el que pueda
gozar de tus encantos.
Solo espérame. Que yo juro
volver en el primer barco que zarpe para encontrarme contigo cuando el sol
brille ansioso en lo alto.
Cierro los ojos y los abro y me
embriago de los restos de tu aroma. Vuelvo a remar al compás con toda la fuerza
que me has dejado tras tocarme. Este verano no me has elegido, pero el próximo
suplicaré por que me dejes hundirme en ti. Y entonces no tendrás más remedio
que conducirme hasta el éxtasis. Y las puertas del Valhalla se abrirán para mí.
domingo, 24 de abril de 2016
~Relato~ Otra carrera de Alonso que no acaba bien
El trigal estaba marchito. Ni
siquiera el brillante lucero conseguía darle un atisbo de vida. El caballo,
renqueante, pisó la tierra yerma con sus patas enjutas. Bufó de cansancio.
Estaba harto de caminar de un lado a otro sin rumbo fijo por aquellos parajes
oscurecidos como una mancha de café reseca.
Por suerte, su amo era tan
ligero que a veces olvidaba que lo llevaba encima, excepto cuando le apretaba
los flancos para evitar salir volando. Y cuando abría la boca, claro.
—Mira, Sancho. Mira allí a lo
lejos. ¿Los ves?
—¿El qué?
El caballo también levantó la
cabeza y vislumbró en el horizonte una serie de figuras inmóviles, con los
brazos extendidos al cielo. Se removió, inquieto, mientras un asno despellejado
se colocaba a su lado y miraba en su misma dirección. Parecía incluso más
exhausto que él. No le extrañaba, conociendo la bola de carne que transportaba.
—¿Es que no lo ves, Sancho? Son
criaturas de la oscuridad, esos seres hambrientos que han maldecido estas
tierras. Y ya ves, amigo mío, ¡el Destino nos pone frente a frente para
vencerlos y liberar nuestro hogar de esta abominable condena!
—Em… tío… No te flipes —oyó que
decía Sancho con su voz cascada de tanto fumar—. Yo ahí no veo ningún zombi de
esos. Son los molinos esos viejos, que se ve que aún queda alguno en pie.
—Me parece, amigo Sancho, que tu
juicio está nublado, ¿o acaso es el miedo lo que te ciega e impide ver que
nuestra salvación está justo delante de nuestras narices? ¡Aparta si no tienes
la osadía de enfrentarte a esas criaturas infernales! ¡Yo alcanzaré la gloria
para los dos!
El caballo piafó cuando su amo
le clavó las espuelas y seguidamente se lanzó al galope en busca de esas
criaturas muertas que solo él podía ver. La tierra ennegrecida se deslizaba
bajo sus cascos a una velocidad pasmosa y el equino, orgulloso, no tardó en
acelerar a pesar de las tiras de piel que se iban quedando por el camino.
—¡Vamos, Rocinante! —gritó su
amo, ahogando los bramidos del otro, que se había quedado atrás junto al asno.
Las construcciones iban
aumentando de tamaño poco a poco ante sus ojos. No cabía duda de que eran
molinos, de aquellos que se usaban cuando la meseta aún era fértil y había algo
que llevarse a la boca. Sin embargo, estaban semiderruidos y con las aspas
rotas, apenas un reducto de lo que fue antaño. Pero su jinete, lejos de rendirse
a la realidad, lo espoleó aún más, con la lanza en ristre, vociferando:
—¡No huyáis, bellacos! ¡Yo os
derrotaré y devolveré a esta tierra su gloria y esplendor!
Estaban ya los molinos sobre
ellos, moviendo sus aspas, que crujían con cada soplido del viento. Rocinante
vio que su amo no tenía intención alguna de detenerse y que iban directos a una
de las paredes que aún quedaban en pie. Intuyó, no sin cierto esfuerzo, que de
estrellarse el mayor golpe lo recibiría él, y dado que se consideraba el más
inteligente de su pequeño grupo de acompañantes, no estaba dispuesto a caer en
la jerarquía por una simple alucinación de un enclenque fumado ni tampoco a
consentir que siguiera clavándole los malditos pinchos en las costillas.
Así pues, hundió los cascos en
el terreno y frenó en seco. A su jinete le pilló tan desprevenido que sus
gritos beligerantes se convirtieron en los aullidos de un gato asustado
mientras realizaba una parábola en el aire que lo mandó directamente a una de
las aspas del molino. El viento sopló entonces con fuerza, moviendo el
armatoste en el que se había quedado enganchada la lanza. Rocinante escuchó el
eco de la carne al desgarrarse y observó cómo el molino lanzaba arma y brazo al
vuelo. Mientras, en el suelo, su amo se retorcía en un ataque de histeria,
aunque bien podría haber asegurado que se trataba de un ataque de risa.
—¡Menudos descerebrados!
—carcajeó, agitando las extremidades que le quedaban como si fuera un insecto—.
¡Y pensar que podían vencerme! ¿Lo ves, Sancho? ¡Los he vencido a todos y solo
a cambio de un brazo! Bien ha merecido la pena perderlo si la recompensa es que
estos campos vuelvan a lucir verdes y dorados y pardos!
—Bien pardo… es como te han dejao a ti, tío… Menuda hostia… te has llevao.
Rocinante miró a Sancho, que
acababa de llegar corriendo y resoplando, sin que una gota de sudor le bañara
el rollizo cuerpo.
—¡Pocas han sido! ¡Aun podría
haber aguantado más por la gloria y el honor! Pero tales engendros no son
rivales para mi gallardía y experiencia en la lucha.
—Pero tío, ¿qué te has fumao? ¡Si tienes los molinos ahí al lao que en cualquier momento se te cae
uno encima y te chafa!
—Ay, Sancho, que no entiendes de
tales aventuras y estabas tan asustado que no has visto cómo derrotaba a las
criaturas infames entre estas ruinas y cómo después se han deshecho y vuelto al
infierno donde pertenecen.
Rocinante aprovechó la absurda
conversación para sentarse y descansar. No tardó en acompañarlo el viejo asno,
que lento pero seguro había llegado junto a ellos sin despeinarse.
«Me debes una», le recordó el
caballo al recién llegado.
El borrico meneó la cabeza,
descontento.
«Siempre ganas tú». Agachó la cabeza,
entristecido.
«Confías demasiado en la capacidad de mi
amo para aguantar el chocolate».
El asno resopló, contrariado.
«¿Y aún no se han dado cuenta de que los
muertos son ellos?».
«No», le contestó Rocinante, y al
relinchar los músculos de la quijada que le quedaban se tensaron tanto que
parecía que se fueran a romper en cualquier momento. «Pero espero que cuando se
den cuenta estén tan fumados que podamos ser más rápidos que ellos».
«¿Más rápidos para qué?».
El caballo le enseñó los dientes a su compañero corto de entendederas, formando
una sonrisa tan amistosa como malévola.
«Para comérnoslos primero, claro».
domingo, 28 de febrero de 2016
~Relato~ Desfibrilando
Levitaba. Sentía que una nube bajo sus pies la
impulsaba sobre los oscuros adoquines de la calle. No sabía cómo había llegado
allí. A la puerta de aquel restaurante enclaustrado entre las fachadas
destartaladas de una calle tan antigua como la humanidad.
El local no tenía mucha mejor pinta. Las placas de
cerámica estaban partidas y algunos trozos yacían moribundos en el suelo. El
ladrillo parecía más bien polvo aglutinado esperando a que alguien soplara para
echar a volar. Las luces que colgaban sobre el dintel estaban en su mayoría
fundidas. Pero ella se sentía feliz. Radiante.
La neblina se enredó entre los pliegues de su falda y
la empujó hacia el interior. Echó un vistazo hacia atrás antes de cruzar el
umbral. No recordaba haber pasado por allí. Los árboles deshojados apenas
podían cubrir la luz mortecina que despedían las farolas. El coche en el que se
había subido al salir de casa no estaba. Tampoco recordaba haberse bajado de
él. Sólo la oscura carretera y las luces blancas y rojas intercalándose ante
sus ojos.
Suspiró. En realidad, no le importaba. Había llegado
hasta allí. Aunque no tenía muy claro si «allí» era a donde tenía que ir. Pero
no pudo evitar sonreír cuando se giró y un desconocido con esmoquin la invitó a
entrar.
—¿Delia Rox?
Ella asintió con una sonrisa y traspasó la puerta
medio podrida.
Dentro todo era luz.
Su vestido rojo refulgía como el fuego entre colores
tan variados que apenas podía ponerles nombre. El sonido de la algarabía
quedaba amortiguado por el susurro de las telas frotándose entre sí. Aquello
más que un restaurante, parecía una fiesta. Sus pies rebotaron en el suelo un
par de veces siguiendo una música que no alcanzaba a escuchar y se
dirigieron prestos hacia uno de los
camareros que portaban pequeños manjares en una bandeja. Delia flotó entre
todas aquellas gentes, pero antes de llegar a su destino, alguien tiró de su
brazo. La cara se le iluminó cuando el desconocido le pidió bailar.
Salieron a un patio exterior y las estrellas les
recibieron entre risas. Sus murmullos le cosquilleaban los pies mientras
danzaban como en esas películas de época donde todo era brillante y majestuoso
e irreal.
Irreal. Tanto como aquel restaurante, sus luces, sus
canapés, sus tejidos y sus estrellas risueñas. Tanto como aquel desconocido que
al mismo tiempo le resultaba extrañamente familiar. En aquel instante le
pareció flotar un poco menos y la sonrisa se diluyó en sus labios. El extraño
le preguntó algo, pero ella ya se alejaba entre las mesas, dejando atrás la
musiquilla celestial que acentuaba aún más la sensación ilusoria que rodeaba
todo aquel espejismo.
Delia se topó con un muro infranqueable de mesas
abarrotadas y guirnaldas fulgurantes. Esquivó las faldas y zapatos que salían a
su paso, empujada por la misma fuerza invisible que la había guiado hacia el
interior. Sabía que algo no funcionaba, pero no podía dilucidar exactamente el
qué. Recordó el coche, la carretera, las luces… y luego aquella calle
desvencijada y oscura que no sabría situar en ninguna parte. Un creciente
nerviosismo se aposentó en su cuerpo y notó el frío ascendiéndole por los pies
descalzos.
Absorta como estaba en sus cavilaciones, no vio venir
la figura que la bloqueó brevemente, lo suficiente como para desestabilizarla
en su carrera y hacerla caer. Con la mano temblorosa aceptó la ayuda que le
brindaron para levantarla, y las filigranas de sueño que aún empañaban su mente
se deshicieron cuando reconoció la mirada del hombre que le tendía la mano. Su
eterna sonrisa apenas dejaba entrever su mirada azul entre las pequeñas
rendijas de sus ojos.
Pero no podía ser.
De repente se encontró sola, y recordó que había más
gente con ella cuando se dirigían hacia el restaurante. Entre las luces
zigzagueantes se colaban las risas cristalinas de sus amigas. Miró alrededor y
no las vio. Todas las caras eran un borrón luminoso menos la que tenía frente a
ella.
Sabía que en otro momento, hacía tiempo, hubiera
saltado de emoción, pero no era el momento. Porque Robin Williams estaba
muerto. Y eso significaba que ella lo estaba también.
Echó a correr sorteando los obstáculos, deslizándose
entre la multitud que abarrotaba aquel lugar. Tan llenos de vida. Tan muertos.
Veía la puerta al fondo, perfecta en su marco de
acero, tan distinta de cómo se veía desde fuera. Después de lo que le
parecieron siglos logró alcanzarla y la abrió de un tirón. El aire de la calle
era fresco y olía a podredumbre. Antes no lo había notado, tan encandilada como
iba en su nube. Se tapó la boca y la nariz con una mano y echó a correr calle
abajo, desde donde recordaba haber llegado. Las farolas y las ramas agónicas la
persiguieron hasta que la oscuridad no la dejó ver nada más que negrura. Las
formas, los sonidos, hasta los olores desaparecieron en un suspiro.
Un intenso dolor le atravesó entonces el pecho.
Parpadeó y unas luces rojas giraron en sus retinas. Sintió que todo le daba
vueltas. Unos rostros desenfocados parecían observarla desde lo alto. El aire
entró de golpe en sus pulmones. Vio el coche que se cruzó frente al suyo en
mitad de la autovía. Sintió el volante rotar entre sus manos. Todo se puso boca
abajo.
Delia intentó incorporarse, pero unas manos la
frenaron. El mundo dolía y tenía frío. Pero poco a poco todo fue
desapareciendo. Sus músculos se aflojaron y su mandíbula se destensó. Lo último
que vio antes de dormirse fue la tierna expresión de Robin Williams diciéndole
adiós.
domingo, 14 de febrero de 2016
~Relato~ La chica del pelo azul
La
multitud se tragó su figura. La oscuridad lo engulló y juraría que podía oír
cómo masticaba su corazón al ritmo de la música. El suyo, por el contrario,
permanecía intacto. Notaba su presión en el pecho: una bomba a punto de
estallar congelada en el tiempo. Tan fría como sus manos. Como ella misma.
—¿Estás
sola? —se alzó una voz sobre el martilleo del último hit de moda. Procedía del lugar donde se había hallado su
acompañante apenas unos minutos antes. Una sonrisa le iluminaba el rostro
enmarcado en azul eléctrico.
Megan sorbió
con avidez de su vaso y asintió. El líquido resbaló por su esófago y sintió una
suave calidez extendiéndose por su cuerpo cuando llegó a su estómago. Aquella
noche necesitaría mucho más alcohol para poder conciliar el sueño.
—¿Quieres
bailar? —le insistió la voz por encima del ruido.
—¿Eh?
No, gracias —contestó sin mirarla, escudriñando aún entre el gentío mientras su
mente evocaba una y otra vez el momento en el que Brad había decidido rendirse
y desaparecer de su vida para siempre. Aunque lo más probable era que al día
siguiente cambiara de opinión. Pero el daño ya estaba hecho.
—Está
bien, pero si no piensas irte será mejor que busques compañía o te animes un
poco. Las discotecas y ese gesto serio no se llevan muy bien.
Megan volvió
a llevarse el vaso a los labios y dio varios tragos más antes de girarse y
dirigirle una mueca a la chica de pelo fantasía.
—¿Y a ti
qué te importa?
—¿A mí?
Nada —rió, y su vestido blanco destelló bajo las luces multicolores de la sala—.
Pero te estaba observando y me preguntaba si necesitarías hablar con alguien.
—¿Sobre
qué? —le espetó, arqueando una ceja. Bebió de nuevo.
—Pues no
sé. Del tiempo, de las ondas gravitacionales, de las calabazas que le has dado
al chico de antes…
—¿Cómo
sabes que le he dado calabazas?
—Si él
te las hubiera dado a ti creo que hubieras sido tú la que te habrías marchado.
¿Puede ser?
Megan no
respondió e hizo el amago de ir a beber, pero el vaso ya estaba vacío. Lo miró
con una mezcla de hastío y resignación.
—Puedes
coger el mío, si quieres. Yo invito —le ofreció la muchacha. Le tendió una copa
llena de un líquido a caballo entre el ámbar y el limón maduro. Megan lo aceptó
y lo probó, guiñando los ojos por su penetrante dulzor—. Ten cuidado. Sube
rápido.
Dio un
largo trago y en su boca quedó un sabor pegajoso y ácido. Miró a la chica con
cierto recelo, pero sus ojos estaban dirigidos a otra parte. Su cuerpo se contorneaba
al son de la música y aunque parecía moverse igual que todos los demás
asistentes, había algo en su forma de bailar que la hacía parecer única.
—Gracias.
—No hay
de qué —le respondió, dedicándole una sonrisa.
Megan
miró de nuevo hacia la pista de baile. Brad se había ido, lo sabía, pero no
podía evitar desear que apareciera y la envolviera en sus brazos. Era un
sentimiento egoísta, sin embargo no parecía capaz de sentir otra cosa además de
la sangre golpeándole con furia en las sientes.
—Es
verdad, he sido yo quien le ha dado calabazas —aceptó con voz neutra.
La
sensación de que la atravesaban con la mirada la hizo temblar, pero la chica no
se había movido. No obstante, algo le decía que estaba escuchando.
—He roto
con él.
No era
del todo verdad, pero era la mejor manera de resumirlo. Aun así, parecía que la
explicación quedaba incompleta. O quizá era que el alcohol comenzaba a soltarle
la lengua. Lo cierto era que no pudo evitar continuar sin que nadie se lo
hubiera pedido.
—Bueno,
en realidad lo que le he dicho es que es el chico perfecto, que lo aprecio
mucho, pero que no estoy enamorada de él, por mucho que lo haya intentado
durante estos meses.
—¿Intentado?
—La carcajada de la chica silenció por un instante los latidos de la música—.
Uno no intenta enamorarse de alguien, querida. Lo hace y ya está. ¿Por qué
intentabas enamorarte de él?
Ahora sí
que tenía sus ojos clavados en ella, ocultos en la sombra de su flequillo. Aun
así sintió cómo intentaban penetrar dentro de su coraza helada.
—Es el
chico perfecto —dijo, y esta vez sí que era una respuesta completamente
sincera.
—¿Por
qué?
—Pues
porque… Es inteligente y tímido y risueño y maduro. Tiene unos ojos preciosos y
una sonrisa maravillosa. Me encanta su forma de expresarse, su picardía y su
dedicación…
—¿Y eso
lo hace perfecto?
Megan
bebió de nuevo, como si necesitara de ese simple gesto para seguir hablando.
—Para mí
sí.
—¿Por
qué?
Ella
meditó la respuesta al tiempo que se preguntaba por qué le estaba contando todo
aquello a una desconocida en una discoteca de mala muerte en un pueblo perdido
de la mano de Dios.
—Porque
es lo que siempre he pensado que debería ser mi pareja.
La chica
sonrió enigmáticamente y Megan se atragantó al recordar el rostro de Brad
cuando le dijo esas mismas palabras en ese mismo tono. Creía que lo había hecho
para intentar producirle el menor sufrimiento posible, pero la verdad era que
se sentía incapaz de ponerle más sentimiento a aquella situación. La realidad
era esa. Ninguna modulación la haría variar.
—¿Por
qué no dejabas de mirar hacia el sitio por donde se había ido?
—Por si
volvía.
El pelo
azul se meneó, divertido, cuando volvió a reír. Megan se sintió violenta. No le
gustaba que se rieran de ella. Pero no le dio tiempo a decirle nada. La chica
le agarró el brazo y con la mano libre señaló hacia la pista de baile.
—¿Puedes
decirme qué ves?
Megan se
quedó un poco atónita ante la pregunta pero, a pesar de que le costó unos
segundos reaccionar, obedeció.
—Veo
gente bailando. Algunos beben. Unos ríen. Otros cantan la canción que está
sonando.
—Más
cosas —le insistió.
—Hay
chicas y chicos, desde los dieciocho a los que sobrepasan la treintena. Morenas,
rubios, altas, bajitos…
—Fíjate
en alguien en particular.
Su vista
se clavó en un conjunto de chicas que bailaban algo apartadas. La luz de los
focos las iluminaba intermitentemente. Bebió un trago.
—Allí,
cerca de la columna. Una muchacha negra. Lleva el pelo corto y un vestido azul.
Está bailando con unas amigas.
—¿Y qué
más?
Megan
resopló. ¿A qué venía ese interrogatorio? ¿Y por qué seguía contestando a esas
estúpidas preguntas?
—¿Qué
más da?
—Da. Querida,
el amor no entra por los ojos. A tu alma le da igual lo que tu mente haya
catalogado. ¿Por qué quieres que tu chico vuelva? ¿Crees que te enamorarás de
él después?
—No,
claro que no. Si no lo he hecho en estos meses no ocurrirá. Pero estoy bien con
él —dijo, insegura. Oyó el miedo rebotando en sus oídos con cada sílaba. Y en
verdad lo tenía. Temía no encontrar jamás a un chico como aquel. Pero temía
mucho más no poder enamorarse de nadie.
—Y quizá
él lo esté contigo. Pero se merece encontrar el amor tanto como tú. Y si sigues
mirando a la gente solo con los ojos que tienes en la cara te aseguro que no lo
vas a encontrar.
—Anda,
déjame en paz —le escupió, furiosa, y se giró para irse. Ya se había cansado de
toda aquella palabrería. Empezaba a dolerle la cabeza y se sentía mareada. Sin
embargo aquella melena azulada se cruzó en su camino de nuevo.
—Dime
qué viste en la muchacha negra. Por qué la elegiste.
Sus
palabras sonaron casi amenazantes. Megan aguantó el impulso de echar a correr e
hizo el esfuerzo de recordar.
—No
paraba de mirar al móvil. Estaba riendo con sus amigas, pero de repente se
ponía seria y le echaba un vistazo.
—¿Por
qué?
—¿Y yo
qué sé por qué? ¿Qué me importa?
Estaba
enfadada y las palabras se atropellaban en su boca. Sin embargo, algo pareció
desbloquearse dentro de ella y sintió unas ganas repentinas de llorar.
—¿Y tú
qué sabes por qué no te enamoras del chico perfecto? ¿Qué te importa? ¡Si es
perfecto! El amor no es una obligación. Pasa o no pasa. Pero está mucho más
allá de lo que tus ojos pueden ver. Has destacado a una persona por un simple
gesto y no obstante sigues evitando querer conocer qué se esconde detrás de
ella.
Los ojos
de Megan se llenaron de lágrimas cuando comprendió lo que trataba de decirle.
—Bebe,
baila, sueña. Sé quien quieras ser y no quien tu razón te dice que deberías
ser. Déjate llevar y que te lleven, pues solo tu alma puede comprender más allá
de lo que tu cabeza entiende. Nunca llegarás a conocer a alguien por entero,
pero tu razón solo llega a vislumbrar una minúscula parte, incluso de ti misma.
Antes de
darse cuenta el vaso había desaparecido de su mano, sustituido por la de la
chica, que la arrastraba hasta la pista. Se introdujeron entre figuras que se
retorcían y bajaban y subían con la música hasta llegar a un pequeño hueco.
Allí, entre todos aquellos cuerpos danzantes, el mundo le pareció tan ajeno
como ella misma. Incluso Brad. Y vio que el problema estaba allí, en que toda
su vida se construía sobre cimientos tan racionales que se estaba perdiendo una
parte esencial.
La chica
se acercó y le limpió las lágrimas con los dedos. Estaba tan cerca que pudo
comprobar que sus ojos eran de un azul tan intenso como su pelo. Le sonrió con
dulzura.
—¿Quieres
bailar? —le preguntó de nuevo, y esta vez no pudo negarse.
Megan se
olvidó de todo lo que no era ella y su nueva acompañante. Se olvidó hasta de la
música y el ritmo. Se permitió equivocarse y reír por nada. Le pareció estar
más viva que nunca.
Cuando
dieron por terminada la noche, se giró sonriente para darle las gracias a la
enigmática chica que se había inmiscuido tan descaradamente en su vida. Pero
solo alcanzó a ver cómo la multitud se tragaba su pelo azul.
PD: Como el reto consistía en escribir una historia con tu canción favorita como argumento, os dejo la canción :D
PD: Como el reto consistía en escribir una historia con tu canción favorita como argumento, os dejo la canción :D













