Blog de literatura fantástica

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    En Libros Prohibidos podéis leer este relato corto de fantasía oscura. ¡Felices sueños!

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    A caballo entre lo onírico y lo distópico El pasado es un cazador paciente es una historia inquietante y evocadora a partes iguales.

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    Un relato corto sobre los pequeños lastres que vivimos las mujeres a diario. Se lee en 10 minutos.

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    Las izahikaris viven en comunión con la tierra, pero Saha anhela ir más allá, al mundo prohibido bajo las olas. Atrapada entre sus deseos y sus obligaciones, el miedo le impide encontrar la salida. Izahi, a tus hijas, habla de la amistad y del camino para encontrarse a una misma. ¿Será capaz Saha de desafiar las normas para conseguirlo?

  • "El Mar del Sepulcro"

    Ige es diferente. Su mejor amigo ha muerto por ser diferente. ¿Conseguirá encontrar un hogar al otro lado del mar? ¿Podrá convivir con Olu, la inteligencia artificial que odia y siempre la acompaña?

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domingo, 31 de julio de 2016

~Relato~ Memoria a corto plazo


Estoy de pie en mi cocina, pero no sé para qué he venido. No tengo sed ni hambre. Tampoco sueño. Es imposible dormir con todas las lucecitas que entran por las ventanas. No importa que las cierre: se cuelan por las rendijas, por las juntas entre planchas de metal, por mis párpados cansados. Cierro los ojos y allí están, hincándose en mi retina y taladrando mi cerebro con sus brillos de colores, recordándome que estoy encerrado en mi propia casa.

Con el resplandor que entra del exterior puedo leer perfectamente las notitas que rellenan la puerta de la nevera, cada una colgando de un imán que se parece al de al lado lo mismo que una foca y un colibrí. De hecho, hay una foca y un colibrí. El que me los regaló tenía un gusto pésimo para los animales. Dos bestias extinguidas, una con más grasa que pelo y otra que volaba hacia atrás. Tendré que reconocerle un poco de sentido del humor; hay que admitir que, visto así, se parecen a mí.

Las notas apenas dejan ver la puerta. Voy revisándolas, una a una, mirando sin parar el calendario que hay arriba del todo para que no se me olvide en qué día estamos. La mayoría son de días anteriores, no entiendo muy bien por qué no las he tirado ya. Parece que hay una para hoy: "Equipo especial. 8.00 A.M. Lucecitas". Vaya, que por eso están las lucecitas. Porque va a venir un equipo especial. ¿Pero para qué? ¿Y por qué no pueden dejarme dormir?

Miro la hora, pero el reloj está roto. Ni idea de cuándo piensa amanecer. Tendré que esperar. La cocina parece un sitio como otro cualquiera para aguardar a que salga el sol. Me siento en el suelo y miro alrededor. Todo está tranquilo, todo parece estar en orden. Menos esa mancha de allí. ¿Cómo habrá aparecido? Me acerco con cuidado y la toco. Está áspera, reseca. A la luz de los focos diría que tiene ese tono rojizo del tomate chamuscado cuando se te olvida que lo has metido al horno. Echo un rápido vistazo al horno para cerciorarme de que no hay nada dentro. Nunca se sabe.

Vuelvo a observar la mancha. No se ha movido. Eso es buena señal. Con tantos destellos las sombras no paran de cambiar y no puedo estar seguro de nada. Yo y mis problemas de concentración. A veces me harto de ellos. Cuando recuerdo que los tengo, claro.

Una mano me aprieta el hombro y doy un respingo, sobresaltado. Otra me tapa la boca e impide que empiece a soltar improperios. ¡Qué coño! ¡Joder! ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡No tengo nada de valor! Quizá pueda romper las leyes de la ciencia y que mis pensamientos no pronunciados lleguen a la cabeza de este individuo antes de que me mate. Si es que quiere matarme.

—No grites. Vengo a sacarte de aquí —susurra, dejando de amordazarme.

—¿Cómo has entrado? —le pregunto. Ahora mismo esta cuestión me parece más interesante que las demás—. La casa está rodeada, ¿verdad? No me dejan dormir.

—Por el túnel del sótano. Vamos.

Tira de mi brazo para que me ponga de pie y lo siga. Menuda fuerza tiene. Pero mi testarudez es aún mayor. Sobre todo cuando va acompañada de curiosidad.

—¿Hay un túnel en el sótano?

—Sí. Contaba con que no te acordaras de él. ¡Venga!

Vuelve a tironear de mí, y esta vez lo acompaño. Recorremos la casa a paso ligero, aunque mi visitante parece conocerla mejor que yo.

—¿Vives aquí?

—No, tú vives aquí. Yo solo vengo a salvarte el pellejo.

—¿Me conoces?

Se gira de pronto y chocamos pero conseguimos mantener el equilibrio. Me agarra la mano con fuerza y me la gira.

—¡Au!

En lugar de pedir perdón, saca un dispositivo electrónico e ilumina nuestras palmas. Las mías son gordas y están limpias, al contrario que las suyas, que no se parecen en nada a lo que llamaría "manos de hombre".

—¿Eres una mujer?

—Príncipe azul para ti, princesa. Al parecer no eres el único que se olvida de lo capullo que puedes ser.

—Gracias. Supongo —digo, un poco confuso. ¿Desde cuándo los salvadores se comportaban así?—. Aunque si vas a ser mi príncipe deberías estar bajándome en brazos.

—Sigue hablando y te dejo aquí, caraculo. ¿Quieres mirar? —resopla. Creo que tiene un poco de prisa—. No tenemos toda la noche.

La obedezco. Su tono de voz no me deja otra alternativa. No sé lo que pretende esta mujer, pero me gustaría evitar que me mate. Miro fijamente las palmas de nuestras manos. Dos símbolos gemelos se saludan en la penumbra. Parece que se les da mejor romper leyes físicas que a mí.

—Te conozco —admito, aunque no podría jurar de qué. Pero si tenemos las mismas marcas grabadas en la piel tiene que significar algo. Aunque sea simplemente que compartimos celda alguna vez —. ¿Hemos estado en la cárcel?

La chica suspira y puedo adivinar que está poniendo los ojos en blanco a pesar de que no puedo verle la cara. Vuelve a tirar de mí, tan rápido que tengo que poner toda la atención en mis pies para no tropezarme con nada. Bajamos al sótano, que está plenamente a oscuras. Aquí no llegan las lucecitas. Menudo descanso. Si hubiera recordado que tenía sótano habría bajado yo mismo mucho antes.

—Gracias.

No me responde, sino que se pone a toquetear una pared. Oigo los chasquidos de la madera y un crujido que parece rebotar por toda la estancia y que juraría que ha podido escucharse fuera.

—Espérame aquí —susurra, aunque estoy seguro de que nadie puede oírnos—. No hagas ruido y no hagas preguntas. Volveré enseguida. Mantén esto encendido.

Me da el dispositivo que nos está sirviendo de linterna y observo cómo se acerca a un montón de muebles apilados y se inclina sobre un bulto. Lo coge por debajo de dos asas y lo empieza a arrastrar escaleras arriba. ¿Qué es eso? ¿Está vivo? ¿Qué vas a hacer con él? ¿Por qué no me dejas preguntar en voz alta?

¡Boom!

Diantres, así es imposible que consiga traspasar las barreras lógicas del mundo. ¿Qué ha sido ese ruido?

—¡Corre!

Me engancha de la muñeca y vuelve a tirar de mí. Tengo la sensación de que he visto secuestros menos violentos. Le devuelvo la linterna improvisada justo a tiempo para que ilumine el pequeño boquete que hay abierto en el muro, recubierto de tablas de madera que deben de tener más años que nosotros dos juntos. Nos colamos por él y ella lo cierra de un golpe.

—¿Puedo preguntar ahora qué ha sido eso? —boqueo cuando consigo hallar un poco de aire en mis pulmones.

—Estaba simulando tu suicidio, caraculo. Sigue corriendo.

—Eso hago… ¿Por qué me dices caraculo continuamente? ¿No serás tú la del imán de la foca, verdad?

—¿Te acuerdas del imán? —Se detiene. Esta vez consigo esquivarla a tiempo. El móvil, porque tiene que ser un móvil, le ilumina levemente los rasgos de la cara. Me está mirando con sorpresa. Quizá sea el primer hombre-foca con el que se encuentra.

—Lo he visto ahí arriba hace un rato.

—¿Y te sigues acordando?

Miro alrededor en busca de una cámara oculta. Esto empieza a parecerse demasiado a una broma de mal gusto.

—Claro. ¿Por qué no iba a acordarme?

—Por nada. Caraculo. Ya te compraré otro.

De repente me besa y echa a correr de nuevo. Voy tras ella, cada vez más cansado, tanto de moverme como de que las preguntas se me agolpen en la mente como si fueran gotitas de agua dentro de un globo. En algún momento la presión lo hará reventar y dejaré el túnel perdido de sesos.

Anda. El túnel.

—¿Desde cuándo está esto aquí?

—¡Desde la guerra!

—¿Y eso fue hace mucho?

No me contesta. No sé si porque no quiere o porque la he perdido. Pero no puedo correr más rápido. Las gotas de sudor me resbalan por la cara. No sabía que las focas sudaban.

—Eso es porque están en el agua.

La tenue luz de una farola lejana saca a relucir la nariz respingona de mi príncipe azul, que sujeta una puerta desvencijada y sucia. Parece que el túnel se ha acabado.

—¿Por qué me miras con cara de bobo?

—Porque… Porque… No puedo respirar… Porque… ¡me has leído el pensamiento!

Estoy extasiado. ¡Lo he conseguido! ¡Y tengo testigos! Pero en vez de felicitarme, mi príncipe testigo secuestrador se limita a sonreírme y me estrecha la cara entre sus manos.

—Anda, vámonos de aquí.

Caraculo. Venía que ni pintado. Seguro que se ha quedado con ganas de decirlo.

—¿Por qué?

—Porque ahora estás muerto y tienes que desaparecer. Tengo la moto por allí, vamos.

Me miro de arriba abajo y me toco la barriga. Vale que no me deja verme los pies, pero me parece bastante real.

—¿Por qué me has matado?

—Porque te iban a encerrar —me explica mientras empieza su marcha en la dirección que había indicado.

—¿Y por qué?

—Porque te acusan de haber matado a una mujer en tu casa.

—¿Y no la maté?

—No.

—¿Y cómo lo sabes?

Se gira y me mira con gravedad. Ahora tengo ganas de esconderme detrás de algo. Menudo príncipe azul que se dedica a asustar princesas. Los cuentos ya no son lo que eran.

Creo que no quiere que diga nada más, así que permanezco callado hasta que llegamos junto a una scooter azul. Pedazo de burra. Hasta tengo que ponerme el casco. Lo nunca visto.

—Oye, y eso que arrastrabas antes… ¿era un cadáver?

—Ahora lo es —me contesta con voz grave. Echa un vistazo hacia atrás y yo hago lo propio, pero no veo nada extraño por la calle. Ningún muerto viviente.

—Creo que puedes estar tranquila, no se ha venido con nosotros. ¿Quién era?

Un ruido ensordecedor vela por un instante los sonidos de la noche. La chica ha arrancado la moto y el trasto traquetea hasta que decide por fin empezar a moverse.

—Eso ya no importa —susurra, tan bajito que no sé si lo ha dicho realmente o si mi mente se ha encargado de imaginarlo.

Acelera y la agarro con fuerza, con cuidado de no hacerlo demasiado fuerte, aunque sospecho por la tersura de su piel sobre los músculos tensos que tiene mucho más aguante que yo.  Los chasquidos nos acompañan mientras nos perdemos por la ciudad, en una oscuridad que no recuerdo haber visitado antes, con tonos amarillentos en el horizonte. ¿Faltaría mucho para las ocho?


domingo, 1 de mayo de 2016

~Relato~ Que las valkirias sean testigos


Cierro los ojos y siento la brisa fresca de finales de verano. No puedo evitar pensar que huele a ti. Como todo lo que tocas, el aire se ha impregnado de tu fragancia y me persigue mar adentro. Se alarga la dulce sensación que me produjo el que me dejaras acariciarte, aunque fuera solo un instante.

Tu contacto, frío y a la vez ardiente, hará que me estremezca durante el crudo invierno. Me recordará cuánto ansío volver a tenerte cerca para atraerte a mí. Cuando vuelva a deshacerse el manto blanco te buscaré. Te agarraré con fuerza durante tanto tiempo que no podrás evitar robarme el alma con un beso. Así no tendrás excusas ni me dejarás escapar de nuevo.

Cierro los ojos y me despido de ti en mi pensamiento. Solo te pediré una cosa antes de marchar. No vengas a buscarme, no me persigas. Deja que sea yo quien te halle como cada año en el llano, desnuda a las puertas de cualquier poblado. Deja que busque tu sonrisa pícara mientras por tu boca resbala el tibio dulzor de los arándanos recién cogidos. Prometo hacer cuanto me pidas con tal de ser yo esta vez el que pueda gozar de tus encantos.

Solo espérame. Que yo juro volver en el primer barco que zarpe para encontrarme contigo cuando el sol brille ansioso en lo alto.

Cierro los ojos y los abro y me embriago de los restos de tu aroma. Vuelvo a remar al compás con toda la fuerza que me has dejado tras tocarme. Este verano no me has elegido, pero el próximo suplicaré por que me dejes hundirme en ti. Y entonces no tendrás más remedio que conducirme hasta el éxtasis. Y las puertas del Valhalla se abrirán para mí.

domingo, 24 de abril de 2016

~Relato~ Otra carrera de Alonso que no acaba bien


El trigal estaba marchito. Ni siquiera el brillante lucero conseguía darle un atisbo de vida. El caballo, renqueante, pisó la tierra yerma con sus patas enjutas. Bufó de cansancio. Estaba harto de caminar de un lado a otro sin rumbo fijo por aquellos parajes oscurecidos como una mancha de café reseca.

Por suerte, su amo era tan ligero que a veces olvidaba que lo llevaba encima, excepto cuando le apretaba los flancos para evitar salir volando. Y cuando abría la boca, claro.

—Mira, Sancho. Mira allí a lo lejos. ¿Los ves?

—¿El qué?

El caballo también levantó la cabeza y vislumbró en el horizonte una serie de figuras inmóviles, con los brazos extendidos al cielo. Se removió, inquieto, mientras un asno despellejado se colocaba a su lado y miraba en su misma dirección. Parecía incluso más exhausto que él. No le extrañaba, conociendo la bola de carne que transportaba.

—¿Es que no lo ves, Sancho? Son criaturas de la oscuridad, esos seres hambrientos que han maldecido estas tierras. Y ya ves, amigo mío, ¡el Destino nos pone frente a frente para vencerlos y liberar nuestro hogar de esta abominable condena!

—Em… tío… No te flipes —oyó que decía Sancho con su voz cascada de tanto fumar—. Yo ahí no veo ningún zombi de esos. Son los molinos esos viejos, que se ve que aún queda alguno en pie.

—Me parece, amigo Sancho, que tu juicio está nublado, ¿o acaso es el miedo lo que te ciega e impide ver que nuestra salvación está justo delante de nuestras narices? ¡Aparta si no tienes la osadía de enfrentarte a esas criaturas infernales! ¡Yo alcanzaré la gloria para los dos!

El caballo piafó cuando su amo le clavó las espuelas y seguidamente se lanzó al galope en busca de esas criaturas muertas que solo él podía ver. La tierra ennegrecida se deslizaba bajo sus cascos a una velocidad pasmosa y el equino, orgulloso, no tardó en acelerar a pesar de las tiras de piel que se iban quedando por el camino.

—¡Vamos, Rocinante! —gritó su amo, ahogando los bramidos del otro, que se había quedado atrás junto al asno.

Las construcciones iban aumentando de tamaño poco a poco ante sus ojos. No cabía duda de que eran molinos, de aquellos que se usaban cuando la meseta aún era fértil y había algo que llevarse a la boca. Sin embargo, estaban semiderruidos y con las aspas rotas, apenas un reducto de lo que fue antaño. Pero su jinete, lejos de rendirse a la realidad, lo espoleó aún más, con la lanza en ristre, vociferando:

—¡No huyáis, bellacos! ¡Yo os derrotaré y devolveré a esta tierra su gloria y esplendor!

Estaban ya los molinos sobre ellos, moviendo sus aspas, que crujían con cada soplido del viento. Rocinante vio que su amo no tenía intención alguna de detenerse y que iban directos a una de las paredes que aún quedaban en pie. Intuyó, no sin cierto esfuerzo, que de estrellarse el mayor golpe lo recibiría él, y dado que se consideraba el más inteligente de su pequeño grupo de acompañantes, no estaba dispuesto a caer en la jerarquía por una simple alucinación de un enclenque fumado ni tampoco a consentir que siguiera clavándole los malditos pinchos en las costillas.

Así pues, hundió los cascos en el terreno y frenó en seco. A su jinete le pilló tan desprevenido que sus gritos beligerantes se convirtieron en los aullidos de un gato asustado mientras realizaba una parábola en el aire que lo mandó directamente a una de las aspas del molino. El viento sopló entonces con fuerza, moviendo el armatoste en el que se había quedado enganchada la lanza. Rocinante escuchó el eco de la carne al desgarrarse y observó cómo el molino lanzaba arma y brazo al vuelo. Mientras, en el suelo, su amo se retorcía en un ataque de histeria, aunque bien podría haber asegurado que se trataba de un ataque de risa.

—¡Menudos descerebrados! —carcajeó, agitando las extremidades que le quedaban como si fuera un insecto—. ¡Y pensar que podían vencerme! ¿Lo ves, Sancho? ¡Los he vencido a todos y solo a cambio de un brazo! Bien ha merecido la pena perderlo si la recompensa es que estos campos vuelvan a lucir verdes y dorados y pardos!

—Bien pardo… es como te han dejao a ti, tío… Menuda hostia… te has llevao.

Rocinante miró a Sancho, que acababa de llegar corriendo y resoplando, sin que una gota de sudor le bañara el rollizo cuerpo.

—¡Pocas han sido! ¡Aun podría haber aguantado más por la gloria y el honor! Pero tales engendros no son rivales para mi gallardía y experiencia en la lucha.

—Pero tío, ¿qué te has fumao? ¡Si tienes los molinos ahí al lao que en cualquier momento se te cae uno encima y te chafa!

—Ay, Sancho, que no entiendes de tales aventuras y estabas tan asustado que no has visto cómo derrotaba a las criaturas infames entre estas ruinas y cómo después se han deshecho y vuelto al infierno donde pertenecen.

Rocinante aprovechó la absurda conversación para sentarse y descansar. No tardó en acompañarlo el viejo asno, que lento pero seguro había llegado junto a ellos sin despeinarse.

«Me debes una», le recordó el caballo al recién llegado.

El borrico meneó la cabeza, descontento.

«Siempre ganas tú». Agachó la cabeza, entristecido.

«Confías demasiado en la capacidad de mi amo para aguantar el chocolate».

El asno resopló, contrariado.

«¿Y aún no se han dado cuenta de que los muertos son ellos?».

«No», le contestó Rocinante, y al relinchar los músculos de la quijada que le quedaban se tensaron tanto que parecía que se fueran a romper en cualquier momento. «Pero espero que cuando se den cuenta estén tan fumados que podamos ser más rápidos que ellos».

«¿Más rápidos para qué?».

El caballo le enseñó los dientes  a su compañero corto de entendederas, formando una sonrisa tan amistosa como malévola.

«Para comérnoslos primero, claro».

domingo, 28 de febrero de 2016

~Relato~ Desfibrilando


Levitaba. Sentía que una nube bajo sus pies la impulsaba sobre los oscuros adoquines de la calle. No sabía cómo había llegado allí. A la puerta de aquel restaurante enclaustrado entre las fachadas destartaladas de una calle tan antigua como la humanidad.

El local no tenía mucha mejor pinta. Las placas de cerámica estaban partidas y algunos trozos yacían moribundos en el suelo. El ladrillo parecía más bien polvo aglutinado esperando a que alguien soplara para echar a volar. Las luces que colgaban sobre el dintel estaban en su mayoría fundidas. Pero ella se sentía feliz. Radiante.

La neblina se enredó entre los pliegues de su falda y la empujó hacia el interior. Echó un vistazo hacia atrás antes de cruzar el umbral. No recordaba haber pasado por allí. Los árboles deshojados apenas podían cubrir la luz mortecina que despedían las farolas. El coche en el que se había subido al salir de casa no estaba. Tampoco recordaba haberse bajado de él. Sólo la oscura carretera y las luces blancas y rojas intercalándose ante sus ojos.

Suspiró. En realidad, no le importaba. Había llegado hasta allí. Aunque no tenía muy claro si «allí» era a donde tenía que ir. Pero no pudo evitar sonreír cuando se giró y un desconocido con esmoquin la invitó a entrar.

—¿Delia Rox?

Ella asintió con una sonrisa y traspasó la puerta medio podrida.

Dentro todo era luz.

Su vestido rojo refulgía como el fuego entre colores tan variados que apenas podía ponerles nombre. El sonido de la algarabía quedaba amortiguado por el susurro de las telas frotándose entre sí. Aquello más que un restaurante, parecía una fiesta. Sus pies rebotaron en el suelo un par de veces siguiendo una música que no alcanzaba a escuchar y se dirigieron  prestos hacia uno de los camareros que portaban pequeños manjares en una bandeja. Delia flotó entre todas aquellas gentes, pero antes de llegar a su destino, alguien tiró de su brazo. La cara se le iluminó cuando el desconocido le pidió bailar.

Salieron a un patio exterior y las estrellas les recibieron entre risas. Sus murmullos le cosquilleaban los pies mientras danzaban como en esas películas de época donde todo era brillante y majestuoso e irreal.

Irreal. Tanto como aquel restaurante, sus luces, sus canapés, sus tejidos y sus estrellas risueñas. Tanto como aquel desconocido que al mismo tiempo le resultaba extrañamente familiar. En aquel instante le pareció flotar un poco menos y la sonrisa se diluyó en sus labios. El extraño le preguntó algo, pero ella ya se alejaba entre las mesas, dejando atrás la musiquilla celestial que acentuaba aún más la sensación ilusoria que rodeaba todo aquel espejismo.

Delia se topó con un muro infranqueable de mesas abarrotadas y guirnaldas fulgurantes. Esquivó las faldas y zapatos que salían a su paso, empujada por la misma fuerza invisible que la había guiado hacia el interior. Sabía que algo no funcionaba, pero no podía dilucidar exactamente el qué. Recordó el coche, la carretera, las luces… y luego aquella calle desvencijada y oscura que no sabría situar en ninguna parte. Un creciente nerviosismo se aposentó en su cuerpo y notó el frío ascendiéndole por los pies descalzos.

Absorta como estaba en sus cavilaciones, no vio venir la figura que la bloqueó brevemente, lo suficiente como para desestabilizarla en su carrera y hacerla caer. Con la mano temblorosa aceptó la ayuda que le brindaron para levantarla, y las filigranas de sueño que aún empañaban su mente se deshicieron cuando reconoció la mirada del hombre que le tendía la mano. Su eterna sonrisa apenas dejaba entrever su mirada azul entre las pequeñas rendijas de sus ojos.

Pero no podía ser.

De repente se encontró sola, y recordó que había más gente con ella cuando se dirigían hacia el restaurante. Entre las luces zigzagueantes se colaban las risas cristalinas de sus amigas. Miró alrededor y no las vio. Todas las caras eran un borrón luminoso menos la que tenía frente a ella.

Sabía que en otro momento, hacía tiempo, hubiera saltado de emoción, pero no era el momento. Porque Robin Williams estaba muerto. Y eso significaba que ella lo estaba también.

Echó a correr sorteando los obstáculos, deslizándose entre la multitud que abarrotaba aquel lugar. Tan llenos de vida. Tan muertos.

Veía la puerta al fondo, perfecta en su marco de acero, tan distinta de cómo se veía desde fuera. Después de lo que le parecieron siglos logró alcanzarla y la abrió de un tirón. El aire de la calle era fresco y olía a podredumbre. Antes no lo había notado, tan encandilada como iba en su nube. Se tapó la boca y la nariz con una mano y echó a correr calle abajo, desde donde recordaba haber llegado. Las farolas y las ramas agónicas la persiguieron hasta que la oscuridad no la dejó ver nada más que negrura. Las formas, los sonidos, hasta los olores desaparecieron en un suspiro.

Un intenso dolor le atravesó entonces el pecho. Parpadeó y unas luces rojas giraron en sus retinas. Sintió que todo le daba vueltas. Unos rostros desenfocados parecían observarla desde lo alto. El aire entró de golpe en sus pulmones. Vio el coche que se cruzó frente al suyo en mitad de la autovía. Sintió el volante rotar entre sus manos. Todo se puso boca abajo.

Delia intentó incorporarse, pero unas manos la frenaron. El mundo dolía y tenía frío. Pero poco a poco todo fue desapareciendo. Sus músculos se aflojaron y su mandíbula se destensó. Lo último que vio antes de dormirse fue la tierna expresión de Robin Williams diciéndole adiós.



domingo, 14 de febrero de 2016

~Relato~ La chica del pelo azul


La multitud se tragó su figura. La oscuridad lo engulló y juraría que podía oír cómo masticaba su corazón al ritmo de la música. El suyo, por el contrario, permanecía intacto. Notaba su presión en el pecho: una bomba a punto de estallar congelada en el tiempo. Tan fría como sus manos. Como ella misma.

—¿Estás sola? —se alzó una voz sobre el martilleo del último hit de moda. Procedía del lugar donde se había hallado su acompañante apenas unos minutos antes. Una sonrisa le iluminaba el rostro enmarcado en azul eléctrico.

Megan sorbió con avidez de su vaso y asintió. El líquido resbaló por su esófago y sintió una suave calidez extendiéndose por su cuerpo cuando llegó a su estómago. Aquella noche necesitaría mucho más alcohol para poder conciliar el sueño.

—¿Quieres bailar? —le insistió la voz por encima del ruido.

—¿Eh? No, gracias —contestó sin mirarla, escudriñando aún entre el gentío mientras su mente evocaba una y otra vez el momento en el que Brad había decidido rendirse y desaparecer de su vida para siempre. Aunque lo más probable era que al día siguiente cambiara de opinión. Pero el daño ya estaba hecho.

—Está bien, pero si no piensas irte será mejor que busques compañía o te animes un poco. Las discotecas y ese gesto serio no se llevan muy bien.

Megan volvió a llevarse el vaso a los labios y dio varios tragos más antes de girarse y dirigirle una mueca a la chica de pelo fantasía.

—¿Y a ti qué te importa?

—¿A mí? Nada —rió, y su vestido blanco destelló bajo las luces multicolores de la sala—. Pero te estaba observando y me preguntaba si necesitarías hablar con alguien.

—¿Sobre qué? —le espetó, arqueando una ceja. Bebió de nuevo.

—Pues no sé. Del tiempo, de las ondas gravitacionales, de las calabazas que le has dado al chico de antes…

—¿Cómo sabes que le he dado calabazas?

—Si él te las hubiera dado a ti creo que hubieras sido tú la que te habrías marchado. ¿Puede ser?

Megan no respondió e hizo el amago de ir a beber, pero el vaso ya estaba vacío. Lo miró con una mezcla de hastío y resignación.

—Puedes coger el mío, si quieres. Yo invito —le ofreció la muchacha. Le tendió una copa llena de un líquido a caballo entre el ámbar y el limón maduro. Megan lo aceptó y lo probó, guiñando los ojos por su penetrante dulzor—. Ten cuidado. Sube rápido.

Dio un largo trago y en su boca quedó un sabor pegajoso y ácido. Miró a la chica con cierto recelo, pero sus ojos estaban dirigidos a otra parte. Su cuerpo se contorneaba al son de la música y aunque parecía moverse igual que todos los demás asistentes, había algo en su forma de bailar que la hacía parecer única.

—Gracias.

—No hay de qué —le respondió, dedicándole una sonrisa.

Megan miró de nuevo hacia la pista de baile. Brad se había ido, lo sabía, pero no podía evitar desear que apareciera y la envolviera en sus brazos. Era un sentimiento egoísta, sin embargo no parecía capaz de sentir otra cosa además de la sangre golpeándole con furia en las sientes.

—Es verdad, he sido yo quien le ha dado calabazas —aceptó con voz neutra.

La sensación de que la atravesaban con la mirada la hizo temblar, pero la chica no se había movido. No obstante, algo le decía que estaba escuchando.

—He roto con él.

No era del todo verdad, pero era la mejor manera de resumirlo. Aun así, parecía que la explicación quedaba incompleta. O quizá era que el alcohol comenzaba a soltarle la lengua. Lo cierto era que no pudo evitar continuar sin que nadie se lo hubiera pedido.

—Bueno, en realidad lo que le he dicho es que es el chico perfecto, que lo aprecio mucho, pero que no estoy enamorada de él, por mucho que lo haya intentado durante estos meses.

—¿Intentado? —La carcajada de la chica silenció por un instante los latidos de la música—. Uno no intenta enamorarse de alguien, querida. Lo hace y ya está. ¿Por qué intentabas enamorarte de él?

Ahora sí que tenía sus ojos clavados en ella, ocultos en la sombra de su flequillo. Aun así sintió cómo intentaban penetrar dentro de su coraza helada.

—Es el chico perfecto —dijo, y esta vez sí que era una respuesta completamente sincera.

—¿Por qué?

—Pues porque… Es inteligente y tímido y risueño y maduro. Tiene unos ojos preciosos y una sonrisa maravillosa. Me encanta su forma de expresarse, su picardía y su dedicación…

—¿Y eso lo hace perfecto?

Megan bebió de nuevo, como si necesitara de ese simple gesto para seguir hablando.

—Para mí sí.

—¿Por qué?

Ella meditó la respuesta al tiempo que se preguntaba por qué le estaba contando todo aquello a una desconocida en una discoteca de mala muerte en un pueblo perdido de la mano de Dios.

—Porque es lo que siempre he pensado que debería ser mi pareja.

La chica sonrió enigmáticamente y Megan se atragantó al recordar el rostro de Brad cuando le dijo esas mismas palabras en ese mismo tono. Creía que lo había hecho para intentar producirle el menor sufrimiento posible, pero la verdad era que se sentía incapaz de ponerle más sentimiento a aquella situación. La realidad era esa. Ninguna modulación la haría variar.

—¿Por qué no dejabas de mirar hacia el sitio por donde se había ido?

—Por si volvía.

El pelo azul se meneó, divertido, cuando volvió a reír. Megan se sintió violenta. No le gustaba que se rieran de ella. Pero no le dio tiempo a decirle nada. La chica le agarró el brazo y con la mano libre señaló hacia la pista de baile.

—¿Puedes decirme qué ves?

Megan se quedó un poco atónita ante la pregunta pero, a pesar de que le costó unos segundos reaccionar, obedeció.

—Veo gente bailando. Algunos beben. Unos ríen. Otros cantan la canción que está sonando.

—Más cosas —le insistió.

—Hay chicas y chicos, desde los dieciocho a los que sobrepasan la treintena. Morenas, rubios, altas, bajitos…

—Fíjate en alguien en particular.

Su vista se clavó en un conjunto de chicas que bailaban algo apartadas. La luz de los focos las iluminaba intermitentemente. Bebió un trago.

—Allí, cerca de la columna. Una muchacha negra. Lleva el pelo corto y un vestido azul. Está bailando con unas amigas.

—¿Y qué más?

Megan resopló. ¿A qué venía ese interrogatorio? ¿Y por qué seguía contestando a esas estúpidas preguntas?

—¿Qué más da?

—Da. Querida, el amor no entra por los ojos. A tu alma le da igual lo que tu mente haya catalogado. ¿Por qué quieres que tu chico vuelva? ¿Crees que te enamorarás de él después?

—No, claro que no. Si no lo he hecho en estos meses no ocurrirá. Pero estoy bien con él —dijo, insegura. Oyó el miedo rebotando en sus oídos con cada sílaba. Y en verdad lo tenía. Temía no encontrar jamás a un chico como aquel. Pero temía mucho más no poder enamorarse de nadie.

—Y quizá él lo esté contigo. Pero se merece encontrar el amor tanto como tú. Y si sigues mirando a la gente solo con los ojos que tienes en la cara te aseguro que no lo vas a encontrar.

—Anda, déjame en paz —le escupió, furiosa, y se giró para irse. Ya se había cansado de toda aquella palabrería. Empezaba a dolerle la cabeza y se sentía mareada. Sin embargo aquella melena azulada se cruzó en su camino de nuevo.

—Dime qué viste en la muchacha negra. Por qué la elegiste.

Sus palabras sonaron casi amenazantes. Megan aguantó el impulso de echar a correr e hizo el esfuerzo de recordar.

—No paraba de mirar al móvil. Estaba riendo con sus amigas, pero de repente se ponía seria y le echaba un vistazo.

—¿Por qué?

—¿Y yo qué sé por qué? ¿Qué me importa?

Estaba enfadada y las palabras se atropellaban en su boca. Sin embargo, algo pareció desbloquearse dentro de ella y sintió unas ganas repentinas de llorar.

—¿Y tú qué sabes por qué no te enamoras del chico perfecto? ¿Qué te importa? ¡Si es perfecto! El amor no es una obligación. Pasa o no pasa. Pero está mucho más allá de lo que tus ojos pueden ver. Has destacado a una persona por un simple gesto y no obstante sigues evitando querer conocer qué se esconde detrás de ella.

Los ojos de Megan se llenaron de lágrimas cuando comprendió lo que trataba de decirle.

—Bebe, baila, sueña. Sé quien quieras ser y no quien tu razón te dice que deberías ser. Déjate llevar y que te lleven, pues solo tu alma puede comprender más allá de lo que tu cabeza entiende. Nunca llegarás a conocer a alguien por entero, pero tu razón solo llega a vislumbrar una minúscula parte, incluso de ti misma.

Antes de darse cuenta el vaso había desaparecido de su mano, sustituido por la de la chica, que la arrastraba hasta la pista. Se introdujeron entre figuras que se retorcían y bajaban y subían con la música hasta llegar a un pequeño hueco. Allí, entre todos aquellos cuerpos danzantes, el mundo le pareció tan ajeno como ella misma. Incluso Brad. Y vio que el problema estaba allí, en que toda su vida se construía sobre cimientos tan racionales que se estaba perdiendo una parte esencial.

La chica se acercó y le limpió las lágrimas con los dedos. Estaba tan cerca que pudo comprobar que sus ojos eran de un azul tan intenso como su pelo. Le sonrió con dulzura.

—¿Quieres bailar? —le preguntó de nuevo, y esta vez no pudo negarse.

Megan se olvidó de todo lo que no era ella y su nueva acompañante. Se olvidó hasta de la música y el ritmo. Se permitió equivocarse y reír por nada. Le pareció estar más viva que nunca.

Cuando dieron por terminada la noche, se giró sonriente para darle las gracias a la enigmática chica que se había inmiscuido tan descaradamente en su vida. Pero solo alcanzó a ver cómo la multitud se tragaba su pelo azul.



PD: Como el reto consistía en escribir una historia con tu canción favorita como argumento, os dejo la canción :D

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