Blog de literatura fantástica

miércoles, 24 de enero de 2018

Sobre el sexo de los guedenianos



Hace ya algo más de un año que leí La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. No hice ninguna reseña, aunque desde luego estuvo entre mis mejores lecturas de 2016. No la reseñé por varias razones, pero la principal es que tenía (y tengo) la sensación de que debería releerlo para comprenderlo en toda su profundidad, y aun así creo que me quedaría mucho por descubrir.

Esta novela, enclavada en el llamado Ciclo del Ekumen, narra la llegada de Genly Ai, humano, al planeta Gueden (o Invierno) para tratar de que se anexione a la federación galáctica del Ekumen. Los guedenianos son humanoides con una característica esencial que constituirá uno de los pilares básicos de la novela: son biológicamente neutros, es decir, solo tienen un sexo determinado en unos días específicos del mes, lo que se llama kémmer. Durante este periodo, cada individuo manifiesta un sexo u otro dependiendo del que le haya tocado a su compañero. En principio no pueden elegir, aunque mediante las drogas pueden inclinarse a manifestar siempre el mismo sexo durante el kémmer o no manifestarlo en absoluto.

Estas características se descubren poco a poco a lo largo del libro. Gran parte de la especulación se centra en imaginar cómo sería una sociedad no determinada por el binarismo sexual. De hecho, hay un capítulo enteramente dedicado a este tema a modo de informe: «Capítulo 7. La cuestión del sexo». Sobre él ya hice una breve lectura en su día, porque me pareció fascinante:



Aun así, voy a copiar aquí algunos fragmentos más y a resaltar algunos de los leídos:

«Considérese: Cualquiera puede cambiarse en cualquiera de los dos sexos. Esto parece simple, pero los efectos psicológicos son incalculables. El hecho de que cualquiera entre los diecisiete y los treinta y cinco años, aproximadamente, pueda sentirse «atado a la crianza de los niños» […] implica que nadie está tan «atado» aquí como pueden estarlo, psicológica o físicamente, las mujeres de otras partes. Las cargas y los privilegios son compartidos con bastante equidad: todos corren los mismos riesgos o tienen que afrontar las mismas decisiones. Por lo tanto, nadie es aquí tan libre como un hombre libre de cualquier otra parte».

«Considérese: No hay imposición sexual, no hay violaciones».

«Considérese: No hay división de la humanidad en dos partes. […] Toda esa tendencia al dualismo que empapa el pensamiento humano se encuentra aminorada, o cambiada, en Invierno».

«Todas nuestras formas de interacción sociosexual son aquí desconocidas. […] No se ven a sí mismos (los guedenianos) como hombres o mujeres. Sí, ni siquiera alcanzamos a imaginarlo, y ya lo rechazamos como imposible. ¿Qué es lo primero que preguntamos cuando nace un niño?».

«Esta recurrencia del pronombre masculino en mis pensamientos me hace olvidar continuamente que el karhíder (un guedeniano de Karhide, un país del planeta) con quien estoy no es un hombre, sino un hombre-mujer».

«Uno es respetado y juzgado solo como ser humano. La experiencia es asombrosa».

Hay muchas más consideraciones de gran interés, pero creo que esto es suficiente para las cuestiones que quiero relatar. Como se puede comprobar, gran parte de los comentarios parten de la sorpresa de un humano (binario) al encontrar tal panorama en Gueden. Tras leerlos, no es raro que me sorprendiera cuando encontré hace unas semanas una nota que aparecía en el prólogo de Pamela Sargent a la antología Mujeres y maravillas (Bruguera, 1977). Dicha nota reza así:

Hubo una interesante discusión acerca de La mano izquierda de la oscuridad entre Le Guin y el distinguido escritor polaco de ciencia ficción Stanislav Lem en las páginas de SF Commentary, una publicación australiana editada por Bruce R. Gillespie. En un ensayo titulado «Lost Opportunities», Lem hace las siguientes afirmaciones:

Aunque sus conocimientos antropológicos son muy buenos, su perspicacia psicológica es únicamente la justa, y a veces no es ni siquiera suficiente. La señora Le Guin inventa una creación biológicamente plausible y valiosa como ficción. Se inventa a «otros humanos» que no solamente se convierten en seres sexuados periódicamente (ya hemos encontrado antes cosas así en ciencia ficción, incluso la bisexualidad) sino que (también) se convierten periódicamente en hembras o en machos durante su período «kemmer» período sexual). Y no se detienen las cosas aquí, sino que tampoco pueden prever cuál será su próxima encarnación sexual.

La autora no ha querido, no ha podido o no ha sabido cómo reflejar la cruel amargura del destino de los individuos en un sistema semejante. Nos ofrece algunos apuntes a lo largo de los capítulos, pero no transforma su material antropológico en formas de vida individuales.

Sin embargo, imaginémonos a nosotros mismos en la situación de la gente de esta novela. Dos cuestiones sobre la existencia básica nos saltan a la mente:

1.ª ¿En qué me convertiré durante el próximo período «kemmer» (sexual), en varón o en hembra? Contrariamente a todas las opiniones estereotipadas, la incertidumbre normal de nuestras vidas, ya bien conocida por nosotros, se ampliaría dolorosamente a causa de este indeterminismo sexual. No tendríamos que preocuparnos ya meramente de la cuestión trivial de si el mes próximo preñaríamos o quedaríamos preñados, sino que tendríamos que enfrentarnos a toda una nueva clase de problemas psíquicos acerca de los roles que nos esperarían en uno u otro extremo de la alternativa sexual.

2.ª De entre la gente totalmente indiferente que nos rodea, ¿por quién me sentiré eróticamente atraído durante el próximo «kemmer»? Porque como todo el mundo es neutro, no podemos determinar nuestro futuro biológico. El cambiante modelo de relaciones sexuales nos sorprenderá siempre con nuevos y siempre dudosos cambios dentro del conocido entorno…

Pero consideremos la cruel ironía del destino: supongamos que una persona mientras era varón se hubiera enamorado de otra que entonces era hembra durante el período «kemmer», y que después de algunos meses ambos se conviertan en «hombres» o en «mujeres». ¿Podemos creer que entonces ambos simplemente buscarían compañeros (heterosexuales) biológicamente adecuados? Si respondemos que sí a esta pregunta, no solamente estaríamos diciendo estupideces, sino también simple y sencillamnte mintiendo, porque sabemos con suficiente claridad cómo puede formar el poder de condicionamiento cultural-psicológico nuestras vidas interiores desafiando a nuestros instintos biológicos.

Por ello, los habitantes de Winter han de experimentar una gran desdicha e infelicidad, lo mismo que una buena cantidad de «perversión», a medida que los antiguos «machos» se sintieran cada vez más atraídos por sus antiguas compañeras «hembras» (tal vez ahora neutras o machos), y lo mismo cuando, debido a los dictados de sus glándulas, deban prepararse a jugar el rol femenino. ¡Qué posibilidades crueles, extrañas y diabólicas puede encontrar ahí un autor! Esas posibilidades esconden en ellas las raíces de una malignidad que nos heriría por su intencionalidad…

De la novela extraigo esta verdad acerca de mí (y por ende, de todos los seres humanos): pese a lo dolorosas que puedan ser nuestras vidas sexuales, la limitación de nuestra estabilidad es una bendición, y no una maldición. Claro está que el Karhider (getheniano) debe pensar de una forma totalmente diferente a la nuestra, y nos considerará anormales, como acertadamente señala la señora Le Guin…

Pero volvamos a la novela. Estilísticamente, está muy bien escrita. Contiene también la riqueza y la variedad de las costumbres de una civilización alienígena, aunque no sea totalmente consistente. Sea lo que sea lo que la autora haya intentado decirnos, ha escrito sobre un planeta en el que no hay mujeres, sino solamente hombres (no en el sentido sexual, pero sí en el social), porque las ropas Karhider, los modos de hablar, las costumbres y el comportamiento son masculinos. En el alma social, el elemento masculino ha permanecido victorioso sobre el femenino.

(SF Commentary, 24 de noviembre de 1971, pp. 22-24. El ensayo original fue publicado en una revista alemana, Quarber Merkur, n.º 25. Traducido del alemán por Franz Rottensteiner y revisada por Bruce Gellespie).

En una edición posterior. Le Guin respondía a las indicaciones de Lem:

La novela proyectada por Stanislav Lem… es fascinante, tan provocativa como un relato de Borges. Deseo que Lem pueda escribirla. Yo no hubiera podido hacerlo, en parte porque la fisiología de «mis» gethenianos no es la misma que Lem ha creído leer. Las tragedias que él vaticina están obviadas por el mecanismo «diferenciador» que hace que el segundo o el más lento de la pareja que entra en «kemmer» desarrolla siempre el sexo opuesto al del primero o más rápido… La puerta de entrada de la tragedia, creo yo, es más bien la enorme posibilidad de que dos amantes por largo tiempo lleguen a desincronizarse: unas pocas horas de diferencia en la extensión de sus períodos kemmer lo retrasaría por un año. He eludido esa dificultad sin ninguna vergüenza, y no he hecho más que proveer a los gethenianos de una sofisticada farmacopea y de unas técnicas de control del cuerpo altamente refinadas, de forma que pueda imaginarse la solución a esos desastres.

Lem no es el primero en acusar a los gethenianos de ser en su totalidad, o al menos en un 90%, varones… ¿Podría él, o cualquier otro, hacerme el favor de señalar un solo pasaje o conversación en los cuales Estraven (un personaje getheniano) haga o diga algo que solamente un hombre podría hacer o decir?

¿No será que tendemos a insistir en que Staven y los demás gethenianos son hombres porque la mayoría de nosotros somos incapaces de imaginar a las mujeres como primer ministro, arrastrando trineos sobre superficies heladas, etc.?
Sé que el uso del pronombre masculino influye en la imaginación del lector, quizá de forma decisiva… Alexei Panshin y otros pidieron que inventase un pronombre neutro. Consideré cuidadosamente la posibilidad y decidí que no lo haría. Este experimento lo intentó ya Lindsay en A Voyage To Arcturus y me suena a preciosismo fallido y exasperante; trescientas páginas llenas de una cosa así podrían resultar intolerables. La intransigencia del medio es, después de todo, su placer. Aunque, posiblemente, pueda hacerse más con el inglés que con cualquier otro lenguaje que ningún escritor haya tenido la suerte de hablar, no se puede hacer absolutamente todo con él…

Dice que sus vestidos son masculinos. ¿Qué es lo que lleva la gente en los climas realmente fríos? Tomé como modelo a los esquimales. Estos (tanto hombres como mujeres) llevan, por supuesto, túnicas y pantalones. ¿Ha intentado usted alguna vez llevar una falda, larga o corta, con un viento helado y bajo una tempestad de nieve?
Elegí a un observador terrestre «normal», y varón, como narrador, porque imaginé que la gente tendría problemas en identificarse emocionalmente con los gethenianos. En verdad, pensé que muchas personas, especialmente los hombres, los encontrarían repulsivos. Estaba equivocada y debería haber tenido más valor. Es mejor transmitir las cosas indirecta que directamente, a menos que se trate de entregar un mensaje. Yo soy novelista, no empleada de telégrafos. Lo que yo tenía que decir de los gethenianos pretendí que surgiera de la imaginación del lector…

(SF Commentary, 26 de abril de 1972, pp. 90-92.)


Creo que no hay forma más elegante de contestar al señor Lem que la de Le Guin, ciertamente. Las respuestas a las apreciaciones del escritor polaco se pueden encontrar con facilidad en los fragmentos que he mencionado de la propia novela. Y, sin embargo, es decepcionante ver como ante ciertas cuestiones una mente imaginativa es capaz de cerrarse.

No le ocurre solo a Lem en los 70. Ocurre hoy, a hombres y mujeres, cuando esta concepción del género se amplifica. Se puede pensar, dado el ojo humano a través del cual se mira la sociedad guedeniana, que el binarismo sigue estando presente dada la relación entre sexo y reproducción que ofrece el kémmer. Sin embargo, y aunque la pareja monógama es la estructura más común, hay un pequeño fragmento al que no se vuelve a hacer referencia que reza de la siguiente manera:

«En las casas de kémmer de las ciudades se forman grupos a veces, y el acoplamiento sexual puede ser de carácter promiscuo».

Y, en realidad, no sería raro imaginar que, en una sociedad donde el sexo no genera roles específicos, se dieran relaciones poliamorosas o no heteronormativas. La dificultad radica, hoy igual que entonces, en imaginar realmente las implicaciones que relata Le Guin de una sociedad sin roles de género. El error de Lem es precisamente juzgar a los guedenianos y su comportamiento de acuerdo a los roles de género preestablecido en nuestra sociedades. Y es el mismo error que cometemos al recibir una educación tránsfoba y binaria.

A día de hoy, La mano izquierda de la oscuridad podría ser más rompedora. La propia Le Guin mencionó entonces que podría haber tenido más valor. Pero tampoco debemos perder la perspectiva. Estamos hablando de un texto que tiene 45 años, y aun así sigue teniendo plena vigencia y sigue generando un debate muy similar. Podríamos discutir hasta qué punto su propuesta se basa en una relación irrompible entre lo biológico y lo social, pero sería constreñir demasiado un mensaje que puede ser universal. Lo importante es analizar las ventajas de una sociedad como la guedeniana y ver si son aplicables a la nuestra.

¿Es deseable un mundo sin violaciones? ¿Un mundo donde nuestras obligaciones familiares no dependen del sexo con el que nacemos y podamos disfrutar de la libertad que eso conlleva? ¿Un mundo donde no se nos exija un comportamiento determinado, sino ser humanos y nada más? Sin duda es una mejora respecto al presente, si bien algunos hombres no pensarán lo mismo, pues «nadie es aquí tan libre como un hombre libre de cualquier otra parte». Pero no hay que olvidar que el machismo también afecta negativamente al hombre en forma del concepto patriarcal de masculinidad, donde también se le exigen unos comportamientos que pueden acabar, por ejemplo, en una mayor tasa de suicidios respecto a las mujeres (y además de formas más violentas). Le Guin no obvia que el hombre tiene privilegios en una sociedad como la nuestra que perdería conforme nos acercáramos a la abolición del género. La cuestión es si los hombres están dispuestos a perderlos en aras del bienestar común.

Y más allá, y creo que es donde reside el gran error de Lem, La mano izquierda de la oscuridad nos plantea cómo nos comportaríamos cuando nuestro género (aunque se trate como sexo en la novela) es indeterminado o cambiante. Estamos hablando ya de lo cuir. No creo que los guedenianos sufran de esa ansiedad que imagina Lem por su indeterminación sexual. Ese es un problema que tenemos en la actualidad porque se nos pide definirnos de forma binaria: hombres o mujeres. Pero cuando puedes ser de ambos géneros y de ninguno sin que nadie te juzgue o te reproche y sin que ello perjudique tu vida, no encuentro ninguna razón por la que deba ser motivo de tal preocupación.

Podríamos decir que la sociedad guedeniana está guiada por su biología y pensar que llegar a un punto semejante es imposible con una biología como la nuestra. Pero lo cierto es que los humanos superamos la biología hace mucho tiempo. Los avances tecnológicos y médicos nos han permitido transformar nuestro entorno de acuerdo a nuestras necesidades y combatir nuestras debilidades para que no nos procuren la muerte. ¿Por qué entonces se sigue acudiendo a la determinación biológica en cuestiones como el género o la orientación sexual? Porque requiere un esfuerzo en el que mucha gente no ve una recompensa inmediata como ocurre en el caso de un tratamiento médico (y teniendo en cuenta que algunos ni en los tratamientos médicos creen, con más razón). Sin embargo, esa no expresión  (o multiexpresión) del género existe, y obviarla es negar una parte de lo que somos, bien porque no la entendemos o porque nos negamos a aceptarla.

Creo que una lectura analítica de  La mano izquierda de la oscuridad es un buen ejercicio para maravillarnos ante las posibilidades que ofrece una sociedad no basada en el sexo y los roles de género, pues además me parece que Le Guin supo darle coherencia. No era ajena a la respuesta que generaría en los lectores, ya que la puso en boca del propio protagonista, Genly Ai. Y, sabiendo también las limitaciones que suponía utilizar el masculino como neutro, criticó esa visión con frases tan atípicas como «El rey estaba embarazado». No hay nada como nuestras limitaciones para romperlas en la ciencia ficción, así como no se puede tener una visión abierta de la evolución social si nos negamos a deshacernos de nuestros prejuicios.



Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.
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2 comentarios:

  1. Para mi vergüenza La Mano Izquierda de la Oscuridad es uno de los clásicos que siempre he ido manteniendo en la PILA... Creo que ya va siendo hora de ponerle remedio porque empieza a oler.
    Y respecto a la respuesta de Le Guin a Lew, mis dieses.
    Muy buena reseña Mrs. Sierpe

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    Respuestas
    1. Es la única novela de Le Guin que he leído, así que no puedo culparte XD Pero aunque es algo lenta, merece la pena :) ¡Gracias por leerme!

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