domingo, 24 de abril de 2016

~Relato~ Otra carrera de Alonso que no acaba bien


El trigal estaba marchito. Ni siquiera el brillante lucero conseguía darle un atisbo de vida. El caballo, renqueante, pisó la tierra yerma con sus patas enjutas. Bufó de cansancio. Estaba harto de caminar de un lado a otro sin rumbo fijo por aquellos parajes oscurecidos como una mancha de café reseca.

Por suerte, su amo era tan ligero que a veces olvidaba que lo llevaba encima, excepto cuando le apretaba los flancos para evitar salir volando. Y cuando abría la boca, claro.

—Mira, Sancho. Mira allí a lo lejos. ¿Los ves?

—¿El qué?

El caballo también levantó la cabeza y vislumbró en el horizonte una serie de figuras inmóviles, con los brazos extendidos al cielo. Se removió, inquieto, mientras un asno despellejado se colocaba a su lado y miraba en su misma dirección. Parecía incluso más exhausto que él. No le extrañaba, conociendo la bola de carne que transportaba.

—¿Es que no lo ves, Sancho? Son criaturas de la oscuridad, esos seres hambrientos que han maldecido estas tierras. Y ya ves, amigo mío, ¡el Destino nos pone frente a frente para vencerlos y liberar nuestro hogar de esta abominable condena!

—Em… tío… No te flipes —oyó que decía Sancho con su voz cascada de tanto fumar—. Yo ahí no veo ningún zombi de esos. Son los molinos esos viejos, que se ve que aún queda alguno en pie.

—Me parece, amigo Sancho, que tu juicio está nublado, ¿o acaso es el miedo lo que te ciega e impide ver que nuestra salvación está justo delante de nuestras narices? ¡Aparta si no tienes la osadía de enfrentarte a esas criaturas infernales! ¡Yo alcanzaré la gloria para los dos!

El caballo piafó cuando su amo le clavó las espuelas y seguidamente se lanzó al galope en busca de esas criaturas muertas que solo él podía ver. La tierra ennegrecida se deslizaba bajo sus cascos a una velocidad pasmosa y el equino, orgulloso, no tardó en acelerar a pesar de las tiras de piel que se iban quedando por el camino.

—¡Vamos, Rocinante! —gritó su amo, ahogando los bramidos del otro, que se había quedado atrás junto al asno.

Las construcciones iban aumentando de tamaño poco a poco ante sus ojos. No cabía duda de que eran molinos, de aquellos que se usaban cuando la meseta aún era fértil y había algo que llevarse a la boca. Sin embargo, estaban semiderruidos y con las aspas rotas, apenas un reducto de lo que fue antaño. Pero su jinete, lejos de rendirse a la realidad, lo espoleó aún más, con la lanza en ristre, vociferando:

—¡No huyáis, bellacos! ¡Yo os derrotaré y devolveré a esta tierra su gloria y esplendor!

Estaban ya los molinos sobre ellos, moviendo sus aspas, que crujían con cada soplido del viento. Rocinante vio que su amo no tenía intención alguna de detenerse y que iban directos a una de las paredes que aún quedaban en pie. Intuyó, no sin cierto esfuerzo, que de estrellarse el mayor golpe lo recibiría él, y dado que se consideraba el más inteligente de su pequeño grupo de acompañantes, no estaba dispuesto a caer en la jerarquía por una simple alucinación de un enclenque fumado ni tampoco a consentir que siguiera clavándole los malditos pinchos en las costillas.

Así pues, hundió los cascos en el terreno y frenó en seco. A su jinete le pilló tan desprevenido que sus gritos beligerantes se convirtieron en los aullidos de un gato asustado mientras realizaba una parábola en el aire que lo mandó directamente a una de las aspas del molino. El viento sopló entonces con fuerza, moviendo el armatoste en el que se había quedado enganchada la lanza. Rocinante escuchó el eco de la carne al desgarrarse y observó cómo el molino lanzaba arma y brazo al vuelo. Mientras, en el suelo, su amo se retorcía en un ataque de histeria, aunque bien podría haber asegurado que se trataba de un ataque de risa.

—¡Menudos descerebrados! —carcajeó, agitando las extremidades que le quedaban como si fuera un insecto—. ¡Y pensar que podían vencerme! ¿Lo ves, Sancho? ¡Los he vencido a todos y solo a cambio de un brazo! Bien ha merecido la pena perderlo si la recompensa es que estos campos vuelvan a lucir verdes y dorados y pardos!

—Bien pardo… es como te han dejao a ti, tío… Menuda hostia… te has llevao.

Rocinante miró a Sancho, que acababa de llegar corriendo y resoplando, sin que una gota de sudor le bañara el rollizo cuerpo.

—¡Pocas han sido! ¡Aun podría haber aguantado más por la gloria y el honor! Pero tales engendros no son rivales para mi gallardía y experiencia en la lucha.

—Pero tío, ¿qué te has fumao? ¡Si tienes los molinos ahí al lao que en cualquier momento se te cae uno encima y te chafa!

—Ay, Sancho, que no entiendes de tales aventuras y estabas tan asustado que no has visto cómo derrotaba a las criaturas infames entre estas ruinas y cómo después se han deshecho y vuelto al infierno donde pertenecen.

Rocinante aprovechó la absurda conversación para sentarse y descansar. No tardó en acompañarlo el viejo asno, que lento pero seguro había llegado junto a ellos sin despeinarse.

«Me debes una», le recordó el caballo al recién llegado.

El borrico meneó la cabeza, descontento.

«Siempre ganas tú». Agachó la cabeza, entristecido.

«Confías demasiado en la capacidad de mi amo para aguantar el chocolate».

El asno resopló, contrariado.

«¿Y aún no se han dado cuenta de que los muertos son ellos?».

«No», le contestó Rocinante, y al relinchar los músculos de la quijada que le quedaban se tensaron tanto que parecía que se fueran a romper en cualquier momento. «Pero espero que cuando se den cuenta estén tan fumados que podamos ser más rápidos que ellos».

«¿Más rápidos para qué?».

El caballo le enseñó los dientes  a su compañero corto de entendederas, formando una sonrisa tan amistosa como malévola.

«Para comérnoslos primero, claro».

2 comentarios:

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