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jueves, 28 de abril de 2016
La presión del escritor
Según
la RAE, la presión es la fuerza moral o influencia ejercida sobre una persona
para condicionar su comportamiento. Todos
vivimos bajo una presión constante, muchas veces tan arraigada en nosotros
que convivimos con ella de forma natural, sin ser conscientes de que está ahí.
Las leyes, la moralidad, las convenciones sociales: todo influye en nosotros sin que
podamos afirmar de forma vehemente si algo lo hacemos porque realmente queremos
o porque los elementos que nos presionan nos llevan a ello.
Sin
embargo no quiero hacer un ensayo filosofo-psicológico sobre el tema, sino
hacer una reflexión (diría que breve, pero me estaría engañando a mí misma)
sobre cómo nos afecta la presión a la
hora de escribir (aunque también se puede extender a otros ámbitos, por
supuesto) y cómo podemos usarla a nuestro favor y evitar que se ponga en
nuestra contra.
Hace
unos meses publiqué una entrada con algunos consejos sobre concursos literarios
y sobre cómo podían hacer que dejáramos de procrastinar y comenzáramos a
escribir. En uno de los apartados mencionaba la fecha límite como un punto para motivarnos y comenzar una rutina
de escritura. Esta fecha es un punto que nos presiona a cambiar nuestros
hábitos A todos nos ha pasado que hemos vivido felices hasta que nos hemos
cerciorado de que teníamos un examen encima: justo entonces sentimos esa
presión psicológica que nos empuja (a algunos) a dejarlo todo a un lado para
estudiar. Esta fecha límite puede venir dada por un concurso, porque nuestro
lector beta quiera leerla en un momento en particular porque no tendrá tiempo
después, porque una editorial que nos interesa haya abierto recepción de
manuscritos. Pero sobre todo es importante que aprendamos a ponernos nuestras
fechas límite de manera que ejerza una presión real sobre nosotros. No vale con
decir «intentaré tenerlo acabado para tal día y si no, tampoco le faltará
mucho». Porque le faltará, creedme que le faltará. Y para eso hay que tener
cierta fuerza de voluntad también (de la que algunos prácticamente carecemos).
Por eso la presión puede jugar a nuestro favor.
Otro
ejemplo de presión positiva: tu propia
ambición. Ambición a la hora de contar tu historia. De hacer bien tu
trabajo. De escribir lo mejor que sepas
en ese momento. Si para ello te tienes que documentar durante meses, crear
un mundo mastodóntico de la nada, corregir una y mil veces para que todo sea
coherente, no haya erratas, no tengas pleonasmos ni errores estilísticos… si
para ello tienes que estar años con una historia, lo harás. Tu cabecita no
podría vivir habiéndole mandado a una editorial un manuscrito del que no
estuvieras al menos un 90% orgulloso (vamos a dejarle un 10% de margen a la
inseguridad del autor, aunque más de uno pensemos que ocupa más del 50%). Por
supuesto, hay cosas que se te escaparán. Las personas no somos perfectas, por
muy perfeccionistas que seamos (de ahí que los perfeccionistas nos volvamos locos).
Pero sabrás que le dedicaste todo lo que pudiste y no fue una simple vomitera
comercial para hacerte rico y famoso (escribir una vomitera comercial siendo
famoso es fácil, la inversa creo que cuesta algo más).
El
siguiente caso está muy relacionado con el anterior y se da cuando ya has
publicado algo y ya tienes cierto número de lectores que quieren leer más cosas
salidas de tu cabeza. Sean 50 o 5000, lo cierto es que sentirás una cierta
responsabilidad para con ellos. El miedo
a no decepcionarlos, de mejorar lo anterior. En el caso de una saga, de que
la historia les siga emocionando y entusiasmando como la anterior y de corregir
los errores que haya podido haber.
Pero
cuidado, que este tipo de presión se
puede volver en tu contra. No puedes dejar que las expectativas de los
lectores guíen la historia. La historia
(como el tiempo) es la que es. Puedes hacer ciertas concesiones, pero
siempre que sean coherentes y vayan en consonancia con lo que estás tratando de
transmitir. Entre otras cosas porque antes o después entrará en conflicto con
tu ambición. Y una cosa es que en un futuro quieras cambiar algo porque has
madurado y evolucionado como escritor y otra muy distinta que quieras hacerlo
porque no escribiste lo que querías sino lo que tus lectores querían. Los
lectores no saben lo que le conviene a una historia antes de ser escrita,
porque no sabe por qué derroteros va a discurrir (quiero decir, todos habríamos
deseado que Mufasa no muriese, pero entonces, ¿dónde estaría la historia?). Por
supuesto, una vez esté escrita te dirán si les hubiera gustado más una cosa u
otra, y estarán en todo su derecho. Sin embargo nunca olvides esto: no puedes gustarle a todos. No digo que
omitas sus sugerencias y consejos (que en muchas ocasiones te ayudarán mucho a
mejorar), pero también impón tu propio criterio si es necesario.
La
presión ejercida por los lectores también
puede ser contraproducente si te sobrepasa. Si no sabes qué hacer con sus
expectativas y todo lo que se te ocurre te parece poco. Te bloquearás y no sabrás qué hacer. El bloqueo es fatal cuando
estás bajo presión: es un pez que se muerde la cola. Tienes que quitarte esa
presión de encima. No la necesitas; no es buena. Relájate, cambia de proyecto,
coméntalo con algún amigo que sepa lo que estás escribiendo (muchas veces
contar por qué estás bloqueado hace que tu cerebro trabaje de otra manera y
encuentres una solución mucho más rápido), seguro que él te ayudará a tener las
cosas un poco más claras. Avanza y retrocede si es necesario, pero no te pares:
la historia seguirá en el mismo punto hasta que decidas continuar y nunca te
decidirás si sigues con miedo.
Hay
otro tipo de presión que quizá no te detenga tanto en tu rutina pero que, como
mínimo, te puede poner de mal humor: la insistencia. La insistencia de tus familiares, de tus amigos, de conocidos y no tan
conocidos (también hay lectores así). «¿Para cuándo otro libro?», «¿Sigues
con lo mismo?», «Hace mucho que no publicas nada», «¿Pues cuándo vas a
terminarlo?», «Oye, al menos cuéntame de qué va», «¿Tanto llevas con eso? ¡Si
se tiene que escribir en nada!». JA. En nada, dicen… Pues tardaré lo que tenga
que tardar. QUEMEDEHE. Amigos, familiares, lectores: no necesitamos eso, de
verdad (ni los escritores, ni los artistas, ni nadie que esté haciendo un trabajo
sin tener ningún contrato que le marque una fecha límite). Ya nos encargamos
nosotros de desesperarnos por no haber acabado lo que pensábamos que
terminaríamos hace meses sin necesidad de que nadie nos lo recuerde.
Por
último nombraré un tipo de presión que yo creo que no muchos tenemos en cuenta
(menos quizá los graciosillos que les gusta putear a George R.R. Martin): morirnos antes de acabar nuestra gran obra.
Para los que no tengan esta presión encima, felicidades: no la necesitáis. Para
los que se lo hayan planteado alguna vez: tampoco la necesitáis, hay pocas
probabilidades de que muráis antes de cierta edad si no tenéis enfermedades
crónicas (incluso porque te duela habitualmente el dedo meñique del pie
izquierdo lo más probable es que tardes mucho en morirte) o graves. También
podéis tener fe en que vuestros descendientes encontrarán vuestros manuscritos,
los mandarán a una editorial y os haréis famosos póstumamente, como los grandes
(quien no se consuela es porque no quiere).
En
definitiva: el escritor (y otros artistas, en general) juega con una serie de
condicionantes a la hora de trabajar que le pueden influir. Lo que tiene que intentar es que esa influencia le
sea siempre positiva, le ayude a establecer una rutina y mejorar, y
deshacerse de las influencias negativas, pues no harán más que frenarlo,
bloquearlo y muy posiblemente cogerle manía a la obra (lo que puede desembocar
en una obra descuidada, y eso los lectores lo notan).
Como
habéis visto, la presión que causa reacciones negativas suele venir del
exterior, peor muchas veces el escritor
se puede convertir en su propio enemigo si su propio perfeccionismo le
supera o se agobia al ver que no va a cumplir una fecha en concreto. En caso de
ser el perfeccionismo: relájate, tómate y un tiempo y coge aire. Agobiarte solo
va a hacer que aborrezcas lo que estás haciendo, y eso no es bueno. Si es una
fecha de un concurso: plantéate si cambiando tu rutina realmente puedes llegar
o te será imposible. Si es lo segundo, asúmelo y relájate. Hay más concursos en
el mundo y no merece la pena que te agobies porque eso seguramente hará que tu
manuscrito pierda calidad y no tenga posibilidades. Si la fecha te la ha puesto
la editorial: habla con ellos, seguro que pueden darte un tiempo más de margen.
Pero procurad siempre no abrumaros, porque la productividad bajará en picado y
puede acabar en un bloqueo que no os podéis permitir.
Sé
que hay otros factores que pueden
influir a la hora de ponernos a escribir, como por ejemplo que surja algún
problema con tu editorial, pero creo que estos pueden ser los más comunes. Si
tenéis más ejemplos, tanto positivos como negativos, estaré encantada de
leerlos en vuestros comentarios. Y si os ha servido la entrada tampoco dudéis
en comentar y compartir. ¡Nos leemos!
martes, 26 de abril de 2016
~Reseña~ El océano al final del camino, o la senda de la niñez y la nostalgia
SINOPSIS
Una novela sobre el
recuerdo, la magia y la supervivencia; sobre el poder de los cuentos y la
oscuridad que hay dentro de cada uno de nosotros.
Hace cuarenta años,
cuando nuestro narrador contaba apenas siete, el hombre que alquilaba la
habitación sobrante en la casa familiar se suicidó dentro del coche de su padre.
Este acontecimiento provocó que antiguos poderes dormidos cobraran vida y que
criaturas de más allá de este mundo se liberaran. El horror, la amenaza, se
congregan a partir de entonces para destruir a la familia del protagonista. Su
única defensa la constituirán las tres mujeres que viven en la granja
desvencijada al final del camino. La más joven de ellas, Lettie, afirma que el
estanque es, en realidad, un océano. La mayor dice que recuerda el Big Bang.
Cuando acabé El océano al final del camino y pensé en
hacer la reseña no sabía muy bien por dónde empezar. La novela me había dejado
como entumecida, sumida en una historia que no era la que había leído, sino la
mía propia.
Es la segunda obra de Neil Gaiman
que leo (la primera fue La joven
durmiente y el huso, que reseñé aquí hace unos meses) y me ha encandilado por completo. Gaiman utiliza un lenguaje directo pero al mismo tiempo poético
(aunque no llega al nivel de Rothfuss); a veces parece que te esté cantando al
oído en vez de narrando una historia. Las palabras fluyen a través de las
páginas hasta que de pronto te encuentras con el final y te cuesta creer que el
viaje haya acabado.
Por tanto, se puede decir que es
un libro fácil de leer, pero al mismo tiempo goza de una gran complejidad. La
novela transcurre entre la fantasía y la realidad, entre lo onírico y lo
mundano, hasta el punto en que ambos se llegan a confundir, transmitiéndonos
mucho más de lo que simplemente está escrito. Es una historia hecha para
meditar en silencio, para pensar, para paladearla hasta desentrañar todo lo que
esconde. Hay muchas reflexiones que aparecen abiertas, pero otras situaciones constituyen
metáforas que esperan ser comprendidas por el lector en un futuro, una vez nos
interese más la lectura entre líneas que lo que está teniendo lugar.
Si no está catalogada como
novela juvenil no es porque la complejidad sea extrema ni haya escenas
violentas o sexuales explícitas, sino porque a un adolescente no le llegaría de
la misma manera que le llegaría a un treintañero, igual que a un treintañero no
le llegaría igual que una persona con cincuenta o más años. El océano al final del camino es una oda
a la nostalgia por la niñez perdida, por lo que cuanto más lejano esté el
lector de ella más atrapado quedará por ella.
La única pega que puedo ponerle
es que el protagonista, que tiene siete años, en muchas ocasiones no parecía
que los tuviera, aunque ¿quién recuerda las cavilaciones que teníamos a esa
edad? Pero por lo demás me atrapó desde el principio, desde que "el niño" llega a la granja y pide ver el océano de Lettie. Gaiman hace gala de una gran
creatividad a la hora de escribir, llevándonos siempre por caminos
insospechados y haciéndonos devorar el libro. Creo que es una de esas lecturas
que hacen que el lector se conozca más a sí mismo.
domingo, 24 de abril de 2016
~Relato~ Otra carrera de Alonso que no acaba bien
El trigal estaba marchito. Ni
siquiera el brillante lucero conseguía darle un atisbo de vida. El caballo,
renqueante, pisó la tierra yerma con sus patas enjutas. Bufó de cansancio.
Estaba harto de caminar de un lado a otro sin rumbo fijo por aquellos parajes
oscurecidos como una mancha de café reseca.
Por suerte, su amo era tan
ligero que a veces olvidaba que lo llevaba encima, excepto cuando le apretaba
los flancos para evitar salir volando. Y cuando abría la boca, claro.
—Mira, Sancho. Mira allí a lo
lejos. ¿Los ves?
—¿El qué?
El caballo también levantó la
cabeza y vislumbró en el horizonte una serie de figuras inmóviles, con los
brazos extendidos al cielo. Se removió, inquieto, mientras un asno despellejado
se colocaba a su lado y miraba en su misma dirección. Parecía incluso más
exhausto que él. No le extrañaba, conociendo la bola de carne que transportaba.
—¿Es que no lo ves, Sancho? Son
criaturas de la oscuridad, esos seres hambrientos que han maldecido estas
tierras. Y ya ves, amigo mío, ¡el Destino nos pone frente a frente para
vencerlos y liberar nuestro hogar de esta abominable condena!
—Em… tío… No te flipes —oyó que
decía Sancho con su voz cascada de tanto fumar—. Yo ahí no veo ningún zombi de
esos. Son los molinos esos viejos, que se ve que aún queda alguno en pie.
—Me parece, amigo Sancho, que tu
juicio está nublado, ¿o acaso es el miedo lo que te ciega e impide ver que
nuestra salvación está justo delante de nuestras narices? ¡Aparta si no tienes
la osadía de enfrentarte a esas criaturas infernales! ¡Yo alcanzaré la gloria
para los dos!
El caballo piafó cuando su amo
le clavó las espuelas y seguidamente se lanzó al galope en busca de esas
criaturas muertas que solo él podía ver. La tierra ennegrecida se deslizaba
bajo sus cascos a una velocidad pasmosa y el equino, orgulloso, no tardó en
acelerar a pesar de las tiras de piel que se iban quedando por el camino.
—¡Vamos, Rocinante! —gritó su
amo, ahogando los bramidos del otro, que se había quedado atrás junto al asno.
Las construcciones iban
aumentando de tamaño poco a poco ante sus ojos. No cabía duda de que eran
molinos, de aquellos que se usaban cuando la meseta aún era fértil y había algo
que llevarse a la boca. Sin embargo, estaban semiderruidos y con las aspas
rotas, apenas un reducto de lo que fue antaño. Pero su jinete, lejos de rendirse
a la realidad, lo espoleó aún más, con la lanza en ristre, vociferando:
—¡No huyáis, bellacos! ¡Yo os
derrotaré y devolveré a esta tierra su gloria y esplendor!
Estaban ya los molinos sobre
ellos, moviendo sus aspas, que crujían con cada soplido del viento. Rocinante
vio que su amo no tenía intención alguna de detenerse y que iban directos a una
de las paredes que aún quedaban en pie. Intuyó, no sin cierto esfuerzo, que de
estrellarse el mayor golpe lo recibiría él, y dado que se consideraba el más
inteligente de su pequeño grupo de acompañantes, no estaba dispuesto a caer en
la jerarquía por una simple alucinación de un enclenque fumado ni tampoco a
consentir que siguiera clavándole los malditos pinchos en las costillas.
Así pues, hundió los cascos en
el terreno y frenó en seco. A su jinete le pilló tan desprevenido que sus
gritos beligerantes se convirtieron en los aullidos de un gato asustado
mientras realizaba una parábola en el aire que lo mandó directamente a una de
las aspas del molino. El viento sopló entonces con fuerza, moviendo el
armatoste en el que se había quedado enganchada la lanza. Rocinante escuchó el
eco de la carne al desgarrarse y observó cómo el molino lanzaba arma y brazo al
vuelo. Mientras, en el suelo, su amo se retorcía en un ataque de histeria,
aunque bien podría haber asegurado que se trataba de un ataque de risa.
—¡Menudos descerebrados!
—carcajeó, agitando las extremidades que le quedaban como si fuera un insecto—.
¡Y pensar que podían vencerme! ¿Lo ves, Sancho? ¡Los he vencido a todos y solo
a cambio de un brazo! Bien ha merecido la pena perderlo si la recompensa es que
estos campos vuelvan a lucir verdes y dorados y pardos!
—Bien pardo… es como te han dejao a ti, tío… Menuda hostia… te has llevao.
Rocinante miró a Sancho, que
acababa de llegar corriendo y resoplando, sin que una gota de sudor le bañara
el rollizo cuerpo.
—¡Pocas han sido! ¡Aun podría
haber aguantado más por la gloria y el honor! Pero tales engendros no son
rivales para mi gallardía y experiencia en la lucha.
—Pero tío, ¿qué te has fumao? ¡Si tienes los molinos ahí al lao que en cualquier momento se te cae
uno encima y te chafa!
—Ay, Sancho, que no entiendes de
tales aventuras y estabas tan asustado que no has visto cómo derrotaba a las
criaturas infames entre estas ruinas y cómo después se han deshecho y vuelto al
infierno donde pertenecen.
Rocinante aprovechó la absurda
conversación para sentarse y descansar. No tardó en acompañarlo el viejo asno,
que lento pero seguro había llegado junto a ellos sin despeinarse.
«Me debes una», le recordó el
caballo al recién llegado.
El borrico meneó la cabeza,
descontento.
«Siempre ganas tú». Agachó la cabeza,
entristecido.
«Confías demasiado en la capacidad de mi
amo para aguantar el chocolate».
El asno resopló, contrariado.
«¿Y aún no se han dado cuenta de que los
muertos son ellos?».
«No», le contestó Rocinante, y al
relinchar los músculos de la quijada que le quedaban se tensaron tanto que
parecía que se fueran a romper en cualquier momento. «Pero espero que cuando se
den cuenta estén tan fumados que podamos ser más rápidos que ellos».
«¿Más rápidos para qué?».
El caballo le enseñó los dientes a su compañero corto de entendederas, formando
una sonrisa tan amistosa como malévola.
«Para comérnoslos primero, claro».
viernes, 22 de abril de 2016
~Unboxing~ Elantris X Aniversario
¡Hola, lagartijillas! Esta es
una entrada un poco inusual (suelo publicar martes y jueves y a veces los
domingos si hay algún relato nuevo), pero ya que mi querida amiga @VirFuente (que os recuerdo que tiene un vlog muy chachi) me
hizo el favor de ir a Gigamesh el primer día para pillarme la cubierta especial
y limitada (aunque todavía hay, pero soy muy histérica para estas cosas) y
además se tomó la molestia de envolverlo y hacerme una pajarita, pues he
decidido hacer un poco el cafre y montar un vídeo con el unboxing. Al final hay un poco de la sinopsis también y unas
fotillos que os dejo por aquí.
Tengo pensado hacer una especie
de maratón de Sanderson los próximos meses así que iréis viendo bastantes
cositas suyas por aquí. ¡Espero que os gusten! ¿Vosotros habéis leído ya Elantris? ¿Qué os ha parecido? ¿Cuál es vuestra siguiente lectura sandersoniana? Contádmelo en los comentarios ^^
jueves, 21 de abril de 2016
~Reseña~ Delbaeth Rising: Camino de odio, o una historia épicamente divertida
SINOPSIS
Una vieja fe resurge y no admite competencia. Verdaderas fortunas y un poder como nunca antes ha conocido el Reino se están amasando bajo la bandera de Aron, dios de los khalusitas. Su líder, Gumbald el Rubio, ha conseguido ascender de simple mercenario a hombre de confianza del rey.
Pero otro ascenso se está llevando a cabo desde los pozos de lucha. Elfo, loco, gladiador, héroe: Delbaeth el Cortador, última esperanza del consejero real para salvar el trono. Acompañado del mediano Ratón, Delbaeth desatará una tormenta de acero y sangre sobre las hordas de sacerdotes racistas que están persiguiendo a las criaturas no humanas.
Conoce a un héroe diferente y sumérgete en una Fantasía cruda y adulta. Aquí encontrarás hechizos, paisajes increíbles, conspiraciones, pero sobre todo combates. Muchos, muchos combates. Contempla, lector ávido de aventuras, el ascenso del Cortador.
Bienvenido al CAMINO DE ODIO.
Como decía en las
recomendaciones para el Día del Libro (que si no las has visto, pues ya estás tardando), Delbaeth Rising: Camino de
Odio se publicó gracias a una campaña de crowdfunding y ahora podemos
tenerlo en nuestras manos gracias a Ronin Literario. Es la primera parte de una
saga que sus autores, Víctor Blanco y Gonzalo Zalaya, continuarán en unos meses
si no nos achicharramos todos antes. Llegué tarde al crowdfunding, pero lo
cierto es que me llamó bastante la atención y su presentación en la libreríaGigamesh terminó de convencerme de que quería leer esta historia.
Delbaeth Rising es una historia
épica diferente. Y eso se nota en cuanto comienzas su lectura. Además del
grimdark (debido al cual retozaremos en sangre y vísceras durante gran parte de
la novela), los personajes que nos encontramos no son los típicos de una obra
de este tipo. Un elfo loco, un mediano serio y reflexivo y un mago con más
voluntad que poder son los que darán inicio a unas aventuras destinadas a
salvar el Reino de la opresión y la xenofobia radical. Las Hojas Huérfanas, una
compañía de mercenarios que salvaron al Reino en la última guerra trol,
trajeron con ellos una religión que quiere acabar con cualquier ser que no
pertenezca a la raza humana. Pero conforme avancen en su misión, nuestros
amigos descubrirán que el problema que los amenaza es mucho mayor que un culto
racista.
Si te hastían las genealogías de
los reyes, las descripciones detalladas hasta la extenuación, la pomposidad que
suele envolver a una novela épica, no hallarás nada de esto en Delbaeth. La
historia es amena y directa, con multitud de combates narrados de una forma
magnífica. Es una de las cosas que más me ha gustado, puesto que tantos
enfrentamientos pueden resultar repetitivos. Sin embargo los autores los
describen de forma que podamos visualizarlos sin dificultad en nuestra mente.
Desde luego si alguien quiere aprender a escribir escenas de acción, le
recomiendo encarecidamente que preste atención cuando lea este libro. Pero no
solo se hace ameno por estar plagado de luchas y violencia, sino también por
los múltiples guiños que tiene la novela y sus carismáticos personajes. Al leer
«grimdark» solemos pensar en un mundo oscuro como el de Martin, Abercrombie o
Virginia Pérez de la Puente, pero en este caso no es así. Es cierto que se
sufre, que hay muertes y brutalidad, pero sobre todo impera el humor. Me he reído mucho con la aparición de
algunos personajes (mecenas, se os quiere) y con las ocurrencias de Delbaeth,
que no tienen desperdicio alguno.
Y es que como he dicho
anteriormente, Delbaeth es un elfo loco y brutal (no esperéis ningún rubiales
afeminado con arco). Lleva más de cien años siendo esclavo de una compañía de
gladiadores; solo ha conocido la violencia, la muerte y el odio. Desconoce las
normas de comportamiento y decoro que rigen en una sociedad normal, y eso le
llevará a ciertas situaciones y conversaciones con Ratón que solo pueden acabar
en carcajada. Ratón es el mediano, un obseso del control al que le cuesta
horrores aguantar la locura a veces infantil de Delbaeth, pero que hará lo
posible por acabar su misión y al que le tomaremos cariño del mismo modo que a
su grandullón acompañante. Laurentius es un mago caído en desgracia,
exconsejero del rey y poco diestro en su arte, que mandará a Delbaeth y Ratón
en una misión para salvaguardar la integridad del Reino. Aunque no aparece
mucho, el elfo y el mediano lo tienen constantemente en sus pensamientos, con
lo que acabaremos apreciándolo del mismo modo que ellos.
Con ellos comenzará a forjarse
la leyenda del Cortador, desde Jagerhaus hasta Ringrant y luego, ¿quién sabe?
Desde luego a mí me ha dejado con ganas de continuar con el Ascenso de Delbaeth
y de patearles el culo a las Hojas Huérfanas (quizá pueda generar cierta
violencia en el lector, ahora que me doy cuenta). Si no
te importa salpicarte un poquito de sangre, es una historia que se disfruta de
principio a fin, sin grandes pretensiones ni grandilocuencias, pero que también
habla de amistad y lealtad, de odio y egoísmo, sentimientos que le dan cohesión
a la historia y sentido a los personajes. Una partida de rol que querrías haber
jugado y de la que querrás conocer su final.
¡Corta, Cortador!
*Gracias a los
autores por el ejemplar enviado para la reseña*


















